De Mente Circular

Un espacio ecosistémico, circular y posmoderno para las ideas sobre la mente y el comportamiento.

sábado, octubre 15, 2005

EL EMBROLLO FAMILIAR

o cómo enredarte (y enfermarte) metiéndote donde no te llaman

César Vásquez Olcese & Teresa Mendo Zelada

“De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno” dice un refrán popular, tratando de graficar el hecho de que a veces hacemos daño a los demás, o nos lo hacemos a nosotros, tratando de hacer un bien o de ayudar. Las relaciones familiares disfuncionales y conflictivas son un caldo de cultivo propicio para que este fenómeno se de en abundancia. Ello se debe a que muchas veces queremos servir a nuestros seres queridos y terminamos complicando su situación, generalmente porque no actuamos con suficiente conocimiento de lo que pasa y nos guiamos más bien por señales ambiguas y poco claras. Como no conversamos y no nos comunicamos lo suficiente, tomamos decisiones de cómo y cuándo intervenir para “arreglar” algo basándonos en nuestro corazón y sin preguntar si realmente necesitan de nuestra ayuda. Y lo que es peor, sin meditar con claridad si no nos estamos metiendo en “camisa de once varas” y podemos ser nosotros los que salgamos mal parados.

Hace un par de décadas el equipo de terapeutas familiares italianos agrupados en torno a la llamada “Escuela de Milán” reflexionó sobre este fenómeno de entrometerse y querer ayudar; lo sistematizó y lo identificó como una de las principales causas familiares para el surgimiento de patologías severas (psicosis, trastornos de la alimentación, depresión, etc.). Lo bautizó como el “embrollo familiar” y lo catalogó como uno de los “juegos psicóticos de la familia” (Selvini y otros, 1995). A partir de allí el “embrollo” sirvió como hipótesis explicativa para la mayoría de casos que Mara Selvini y sus colegas trataron durante los años ochenta. De allí también se derivaron técnicas e intervenciones terapéuticas como la “prescripción invariable”, de gran utilidad y comprobada eficacia.

En nuestra práctica profesional hemos podido comprobar que el “embrollo” es un patrón de funcionamiento familiar disfuncional que se repite en casi todos los problemas de salud mental que involucran a niños, púberes, adolescentes y jóvenes no emancipados. De allí que nos parece conveniente “develar el juego”, es decir, explicarlo, a ver si algunos de los lectores que lo juegan en casa se identifican con lo dicho y lo sustituyen por otro juego más productivo y sano.

Se le llama “juego” al embrollo familiar no porque sea divertido o sirva de entretenimiento, sino porque es un proceso en el que intervienen varios participantes (jugadores) que compiten entre sí; se siguen reglas (ocultas y negadas), siendo la principal que el juego continúe a cómo de lugar. Se establecen equipos (alianzas) y se busca no perder a toda costa. En este plan todo es válido, incluso el desarrollar alguna enfermedad mental con tal de ganar u obtener ventajas sobre el contrincante.

Selvini y compañía consideran que el embrollo comienza en la familia con el surgimiento de un impasse conyugal. Esta es una situación que desune a la pareja de esposos y que no se asume ni se trata abiertamente. El impasse, por su carácter significativo aunque sobredimensionado, atemoriza a la pareja y, por lo mismo, no se toca y se hace como si no existiera. Los jugadores parecen destinados a vivir una situación sin salida (de allí que se le llame impasse: ni para adelante ni para atrás) y no se permiten tener ni crisis, ni escenas catárticas ni separaciones liberadoras, canalizadas a través del impasse. Este sólo conoce el silencio y la negación. Sin embargo, la tensión que este problema genera se va acumulando y tarde o temprano busca una válvula de escape a través de conflictos de segundo orden, que no resuelven para nada el impasse en sí. Si el impasse fue originado por una infidelidad cuyas heridas no han cicatrizado o por una indefinición de la autoridad al interior de la pareja, la tensión puede derivar hacia discusiones sobre la economía familiar, el incumplimiento de roles, el desorden de la mujer o la falta de afecto del esposo hacia sus hijos. Esto permite tener, a manera de desfogue, peleas de impacto limitado que no amenacen abiertamente la subsistencia de la pareja y de la familia en sí, como sí lo haría el abordaje abierto y descarnado del gran problema o impasse. No obstante, se produce un desgaste en los jugadores y una inclinación de la partida a favor de uno de ellos en contra del otro.

El segundo paso de este juego consiste en que los hijos (o al menos uno de ellos, el más cercano y sensible) se percatan de este desbalance. Por su posición de aglutinamiento con el padre supuestamente perdedor, el hijo recibe las señales que provienen de éste y decide ingresar en el juego tomando partido por el progenitor “débil” contra el progenitor “fuerte” o aparentemente ganador. Escucha, por ejemplo, a la madre llorar, quejarse, se convierte en su confidente, ve las “injusticias“ de las que es objeto y decide equilibrar la balanza de la pugna parental. Este hijo (futuro paciente identificado) no puede intuir en lo que se está metiendo, y lleno de amor e indignación comienza a embrollarse y a complicarse la vida. Por ahora, se contenta con ser el aliado y paño de lágrimas del padre “débil”. Lo “mejor” vendrá después.

En la tercera fase, surge una conducta inusitada o desusual en el hijo involucrado. Esta conducta, de sesgo negativo, busca provocar al supuesto ganador o “fuerte”, retar su autoridad, demostrar que no es tan fuerte ni tan pintado y “enseñar” al padre perdedor a defenderse. Es como que el hijo triangulado le dijese entre líneas al padre ganador “métete con alguien de tu tamaño” y al padre perdedor, guiñándole un ojo, “mira y aprende”. Es fácil detectar el comienzo de esta fase identificando el momento en que el hijo empezó a comportarse diferente con alguno de los padres: la primera vez que respondió de mala manera, la primera vez que le gritó, que no obedeció o que violó una regla flagrantemente. El hijo obediente empieza a mostrar lunares de desobediencia, la hija tranquila empieza a salir a pesar de que el padre le niega el permiso, etc. El otro padre, el perdedor, mira lo que ocurre y se muestra incapaz de apoyar a su cónyuge con respecto al hijo (a veces hasta lo contradice abiertamente), o lo hace de manera ineficaz. En el fondo es como que se “relamiera” de gusto al ver que alguien la defiende y “le para los machos al prepotente ese”.

El problema se va agudizando a medida que la tensión se acumula y el hijo provocador entra en escalada simétrica con el padre. Ninguno cede; ni se habla de lo que pasa, ni el hijo se calma, ni el padre recapacita y recurre a su mujer para poner coto al problema. Entonces, y esta es la cuarta fase, el hijo colma la paciencia de los padres, de ambos; el padre coludido con el hijo, el presunto “débil”, tiene que reconocer que éste se pasó de la raya y opta por darle la espalda. Recién allí le da la razón a su pareja y apoya sus medidas. El hijo involucrado ve este viraje del presunto aliado como traición, pero lejos de retirarse (ya es muy tarde para hacerlo) es presa de la hybris (el orgullo y la necedad supremos), redobla sus provocaciones y cae en una vorágine patológica ya sin control.

La quinta fase es obvia, eclosiona una patología con todas las de la ley y de acuerdo a las características y peculiaridades del hijo: anorexia, bulimia, psicosis, intentos de suicidio, consumo de drogas, etc. Es un corolario absurdo para una situación absurda. Tenemos así al aprendiz de héroe embrollado, involucrado y enredado en una situación de la que ya no sabe cómo salir. Quiso ayudar y empeoró la situación. Comenzó así el asfaltado de su camino al infierno.

La sexta fase, estrategias de los progenitores en torno al síntoma, suele consistir en que los padres conflictuados utilizan la enfermedad del hijo como arma para agredirse mutuamente. Sin solución a la vista para el impasse, se dedican a recriminarse y a echarse la culpa por lo que pasó. En muy contadas ocasiones, la enfermedad del hijo les sirve para recapacitar e implementar cambios significativos. La suerte del hijo está echada y su carrera como paciente profesional ha comenzado.

Un caso ejemplificador.-

Una joven de 16 años es traída a consulta por tener arranques de ira, en las que rompe cosas, insulta a sus familiares y se niega a estudiar. Con el tiempo sus síntomas derivan hacia un cuadro claramente depresivo. Está a punto de perder el año escolar y ha comenzado a tener temores nocturnos, creyendo percibir sombras y entes extraños en su habitación que la sumen en pánico y llantos continuos. Ante este hecho sólo la madre la puede controlar y tranquilizar. La relación con el padre es distante y conflictiva desde que hace siete años la joven descubrió evidencia de infidelidad paterna. Tiempo después se lo comunicó a la madre obteniendo de ésta como única respuesta incredulidad y pasividad. Lejos de desentenderse del problema, la paciente se dedicó a provocar al padre, echarle en cara su pecado y a ignorarlo cada vez que podía. Llegó incluso a agredirlo físicamente en varias ocasiones. Desarrolló también un fuerte conflicto con una de sus hermanas, muy cercana al padre, generándose de esta manera una suerte de relación en “espejo”. Su conducta se fue deteriorando, agregándose a ello abuso de alcohol, problemas de conducta en la escuela y peleas con sus amistades. Todo lo cual llevó a la madre a asumir una posición más enérgica con la paciente, lo que deterioró la relación entre ambas. La joven, inicialmente resistente a recibir ayuda psicológica, finalmente accede a ella cuando siente tocar fondo al verse marginada de los preparativos para los festejos de sus promoción escolar y sentirse sumamente sola.

Como puede verse en este caso, sucintamente descrito, la inacción de la madre, sumados a su pasividad y a su aparente carencia de recursos para responder ante la presunta infidelidad de su marido, sirven de disparadores para que la joven se involucre y quede embrollada. El mensaje que recibe esta chica es el de una marcada desventaja de la madre frente al padre, y ello le abre las puertas para intentar reequilibrar la balanza, con los trágicos resultados descritos. La inacción de unos es, muchas veces, una invitación para la acción de otros en la familia.

Reflexiones finales.-

- Por más amor que sientas hacia tus padres, nunca te involucres en sus conflictos conyugales. No puedes hacer nada para mejorarlos, y antes bien, puedes ser tú el que finalmente necesite ayuda.
- Si quieres entender realmente tu conducta o la de los demás, utiliza el contexto en el que se da y las interacciones que la rodean como las principales pautas de explicación. La conducta fuera de contexto no se entiende.

Referencias:

Selvini, M. y otros (1995) Los juegos psicóticos en la familia. Barcelona: Paidós.

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