De Mente Circular

Un espacio ecosistémico, circular y posmoderno para las ideas sobre la mente y el comportamiento.

martes, octubre 25, 2005

TEMPERAMENTO, CARÁCTER Y PERSONALIDAD

César Vásquez Olcese & Nicolás Valle Palomino

El temperamento y el carácter son temas polémicos que generan confusión. A parte de no existir mucha bibliografía sobre ellos, la existente a veces es contradictoria. Suele confundírseles y tomarse uno por el otro. Por ello creemos conveniente hacer uno breves esclarecimientos conceptuales.

TEMPERAMENTO
Es la disposición innata que nos induce a reaccionar de forma particular a los estímulos ambientales, determinada genéticamente. Específica la intensidad, el ritmo y el umbral de la respuestas emocionales. Es el “tinte” emocional de nuestras respuestas aprendidas. Depende del tipo de Sistema Nervioso Central y de Sistema Endocrino de cada persona. El aspecto temperamental más importante para la clasificación de los trastornos de personalidad según Kernberg es la Introversión / Extroversión.

Está relacionado con:
Intensidad: se refiere a “qué tanto…” se experimenta una emoción o un sentimiento. El grado de emotividad y de apasionamiento de las personas. Por ejemplo: si la persona se alegra mucho o casi no reacciona; si salta de alegría o apenas sonríe; si al hacerlo suda, se pone colorado, le tiembla la voz o se pone pálido, frío, etc. La percepción subjetiva e interna, además de las respuestas psicofisiológicas asociadas a la emoción, nos da una idea de la intensidad de la respuesta y del tipo de temperamento. Las respuestas intensas son comunes en los temperamentos inestables o fuertes. Las respuestas poco intensas en los débiles. Otros indicadores de intensidad (fortaleza o debilidad) son el volumen de la voz, la energía al apretar la mano de otro, la fuerza de la presión al escribir, etc. La energía e intensidad se dejan traslucir en esos y otros aspectos conductuales.

Duración: se refiere a “cuánto” dura una vivencia afectiva. Durante cuanto tiempo la persona vivencia la respuesta emocional generada por una situación. Por ejemplo: cuando siente cólera, ¿ésta se mantiene por muchos días o apenas le dura unas horas o unos minutos?. ¿Es una persona rencorosa, que no puede olvidar?, ¿Sus emociones varían fácilmente? ¿Pasa de una a otra según las circunstancias, o un enojo puede malograrle el día, incluso los momentos buenos? Hay gente que se emociona mucho, muchísimo incluso, pero así como fácil vino, fácil se va la emoción. Otros lo hace con poca intensidad, pero su vivencia persiste bastante.

Latencia: tiene que ver con la “velocidad” con la que se responde. Es decir, el tiempo que transcurre entre la presencia del estímulo y la emisión de la respuesta. Por ejemplo: una persona tendría una latencia corta si responde de inmediato a un insulto, un chiste o una situación peligrosa. Por el contrario, la latencia sería larga si la respuesta requiere más tiempo, y la reacción parece incluso desconectada o no asociada con el estímulo.

Umbral: es “cuánta…” estimulación necesita una persona para emitir una respuesta. Es decir, cuánta cantidad de estímulo requiere para responder. Las personas con umbral bajo, más sensibles, requieren estímulos relativamente poco intensos para reaccionar, incluso para reacciones intensas. Por ejemplo: hablarles en tono moderado puede ser asumido como que se les grita y generar malestar o miedo en ellas. Ante un temblor pueden sentir pánico y desorganizar su conducta. Las personas con umbral alto requieren de estímulos fuertes para reaccionar. Son menos sensibles. La apariencia que dan es de estabilidad, tranquilidad e incluso frialdad. Sus reacciones son más bien moderadas y pueden llegar al extremo de la monotonía y el aplanamiento afectivo. Muchas veces para sentir buscan situaciones de riesgo o intensas, pues de lo contrario se aburren.

Ejemplos:

Sujeto estable – extrovertido (Sanguíneo)
Reacciones emocionales poco intensas, muy duraderas, poco variables, busca estimulación (Es sociable, le agrada la variedad) Gusta de estímulos fuertes.

Sujeto Estable – Introvertido (Flemático)
Reacciones emocionales poco intensas, sus emociones duran en el tiempo, No busca estimulación, gusta de estímulos débiles.

Sujeto Inestable – Extrovertido (Colérico)
Reacciones emocionales intensas, lábil emocionalmente pues sus emociones son variables y de corta duración. Busca estimulación y gusta de estímulos fuertes. Por ejemplo: Sujeto que experimenta cólera un rato y luego se le pasa.

Sujeto Inestable – Introvertido (Melancólico)
Reacciones emocionales intensas, lábil emocionalmente es decir sus emociones son de corta duración. No busca estimulación, gusta de estímulos débiles. Por ejemplo: sujeto experimenta cólera la cual dura un día o dos y luego se vuelve resentimiento.

Describiendo el temperamento:

Ejemplo Nº 1:

Es una persona que muestra reacciones emocionales intensas aunque de corta duración, es decir es lábil emocionalmente pues pasa de una emoción a otra con mucha facilidad, transformando muchas de esas emociones en sentimientos ego destructores. Es decir, cuando experimenta sentimientos que la embargan, estos llegan incluso a aturdirle y aunque en alguna ocasión llega a expresarlos, la mayoría de las veces los suprime, convirtiéndolos en resentimiento. Es muy sensible y necesita estimulación poco intensa y corto tiempo para reaccionar.

Ejemplo Nº 02
Sujeto que presenta reacciones emocionales dentro de lo esperado, las cuales se mantienen durante gran parte del tiempo con poca variabilidad en ellas. Está permanentemente buscando situaciones en las que logre expresar sus ideas o que le faciliten el poder experimentar estímulos fuertes, pues su necesita un lapso de tiempo más o menos largo para emitir una respuesta.
CARÁCTER

Organización dinámica de los patrones conductuales del individuo; manifestación conductual de la identidad del yo, determinada por la integración del concepto de si mismo y de los otros significativos.

Conjunto de reacciones y hábitos de comportamiento que se han adquirido durante la vida. Suelen ser rígidos y ayudan a defender al sujeto del medio.

Es sinónimo de cuño, huella, marca.

Ejemplo de rasgo de carácter:
Un rasgo de carácter en un conjunto de conductas diferentes que se pueden englobar para clasificar a alguien.


Conducta A : No coge lo ajeno.
Conducta B : Dice la verdad. Honrado,
Conducta C : Paga impuestos. Honesto
Conducta D : Respeta lo ajeno.

Conducta A : Acepta trabajo de los demás.
Conducta B : Se queda horas extras Tonto
Conducta C : Busca más trabajo.

Conducta A : Llega tarde al trabajo.
Conducta B : Evita trabajar.
Conducta C : Anda atrasado en sus deberes. Haragán
Conducta D : Duerme hasta tarde.

PERSONALIDAD

Integración dinámica de los patrones conductuales derivados del temperamento, carácter y los sistemas de valores internalizados (súper yo). A la estructura de personalidad de un individuo subyacen dos precondiciones: Estructurales y Dinámicas.
· Precondiciones estructurales: grado en que se hayan integrado e internalizado, a través de las relaciones tempranas, el si mismo y las relaciones objetales; llegando en el caso de la personalidad normal (y neurótica) a la constancia objetal, objetos internalizados totales.

· Precondiciones dinámicas: se refiere a la organización de los impulsos (libido y agresión) que se van activando en las relaciones objetales tempranas. En la estructura de personalidad normal se da una integración de la agresión y la libido bajo la dominancia de los impulsos libidinales.

Patrón característico de pensamientos, sentimientos y conductas de un individuo que persisten a lo largo del tiempo y a lo largo de las situaciones.

La personalidad produce una coherencia en la conducta en contextos diferentes. Por ejemplo, una mujer puede encontrase en situaciones diferentes: Como médico atendiendo a niños, como esposa al interactuar con su pareja y como madre al criar a sus hijos; en todas ellas se muestra cálida, solícita.

Gordon Allport (1961): La personalidad es la organización dinámica, dentro del individuo, de los sistemas psicofísicos que crean patrones característicos de conductas, pensamientos y sentimientos.

Analicemos la definición:

La personalidad no es sólo una acumulación de partes y piezas: tiene una organización.
La personalidad no se limita a estar ahí: tiene procesos.
Personalidad es un concepto psicológico, pero está intrincadamente unida al cuerpo físico.
La personalidad es una fuerza causal; ayuda a determinar la forma en la que el individuo se relaciona con el mundo.
La personalidad se muestra en patrones, recurrencias y sentido de coherencia (o continuidad interior).
La personalidad no se muestra de una sino de varias maneras, en conductas, pensamientos y sentimientos.

Eysenck y Eysenck (1987) definen la personalidad como una organización dinámica del carácter, temperamento, intelecto y físico, más o menos estable y organizada, de una persona que determina su adaptación única en el ambiente.

La Definición de la personalidad dada por Eysenck gira alrededor de cuatro patrones de conducta: el cognitivo (Inteligencia), el conativo (carácter), el afectivo (temperamento) y el somático (constitución) de este modo, la personalidad es "la suma total de los patrones conductuales presentes o potenciales del organismo, determinados por la herencia y el ambiente, se origina y desarrolla mediante la interacción funcional de los sectores formativos en que se originan estos patrones conductuales”.

martes, octubre 18, 2005

SALUD MENTAL Y VEJEZ

Un estudio en ancianos de Lima Metropolitana
César Vásquez Olcese
Universidad César Vallejo Trujillo - Perú
Resumen
Se aborda el estudio de la vejez a partir de tres aspectos concretos: salud mental, percepción del envejecimiento y autonomía funcional. Se trabajó con una muestra de 159 ancianos de ambos sexos, mayores de 65 años, de clase media de Lima y no institucionalizados. Se aplicó a manera de guía de entrevistas la Escala de Salud Mental del Indice Médico de Cornell, una escala de autonomía funcional y otra de percepción del envejecimiento, elaboradas ex profeso. No se hallaron diferencias significativas en estos tres aspectos en función al género y la edad de los ancianos. Si se halló, en cambio, relación significativa entre salud mental y percepción del envejecimiento. Se reportan también las características que más destacan los ancianos en cuanto a las tres variables estudiadas.

Tradicionalmente se ha dicho que el Perú es un país joven y de jóvenes. Ello es especialmente avidente si se considera que la población menor de 25 años constituye casi el 60% del total de los habitantes (Ricketts, 1991). En tal sentido, la población anciana viene a conformar, porcentualmente hablando, un grupo minoritario. Estando la esperanza de vida del peruano promedio en poco más de 60 años (Ugarte, 1986), el total de personas que superan dicha edad gira en torno al 5% y 6% . Sin embargo, este dato tiende a ocultar un problema latente, que no se logra captar con precisión, si se asume en términos absolutos. El gerontólogo peruano Carlos Vivanco Eguiluz (1982) plantea que entre los años 1876 y 1980 el porcentaje de personas mayores de 60 años ha sido casi el mismo, a pesar de que en cifras reales el total ha aumentado en más de diez veces. En el presente año su número sobrepasa el millón de ancianos, siendo el estimado de la ONU para el año 2,000 de 1'853,000 , es decir, casi el doble en menos de diez años (CIGS, 1986). Como se ve, en el Perú la población anciana o en trance de serlo, aumenta silenciosa y progresivamente.
Sin embargo, en la actualidad no se tiene plena conciencia de este hecho y de sus implicancias futuras. Los problemas derivados del subdesarrollo y de las necesidades cada vez mayores de una población que se torna más y más exigente, inducen al Estado a fijar su atención y esfuerzos en tratar de dar solución a problemas coyunturales, que atañen a la "generalidad" de los habitantes, antes que a diseñar estrategias de intervención en función a las caraterísticas concretas de cada sector de la población.
Por ello, es casi un lugar común decir que los viejos de nuestra sociedad están marginados. Alejados de la producción contra su voluntad, poco consumidores dada su escasez numérica y su falta de ingresos, los peruanos de la tercera edad sobreviven como la mayoría de sus coetáneos de todo el mundo: a expensas de una sociedad casi siempre hostil y recibiendo los mendrugos que ésta se digna ofrecerles. Síntoma de este descuido es el escaso conocimiento que se tiene de la realidad psicológica del anciano peruano, de su subjetividad y de la percepción de sí mismo y del mundo en que vive. Los estudios referidos a la vejez se centran por lo general en los aspectos demográficos, socioeconómicos, de seguridad social y de salud física, dejando de lado la cosmovisión y la salud mental del hombre que envejece. Es, pues, imperioso aproximarse y rescatar su dimensión subjetiva; conocer su problemática de salud mental y sus potencialidades subyacentes; saber cómo se percibe a sí mismo y a su envejecimiento, a fin de establecer una psicología del anciano peruano y rastrear los factores materiales y sociales que la determinan. Para ello investigar la realidad del anciano de clase media parece ser lo más adecuado. No sólo por constituir el grupo mayoritario dentro de este grupo de edad, sino también por que sus cacterísticas socioeconómicas intermedias permiten una mayor generalización de los resultados que se obtengan, ya que no se encuentran en la situación extrema y múltiplemente deficitaria de los ancianos pobres y tampoco conforman el grupo privilegiado y minoritario de ancianos de clase alta.
El presente estudio buscó realizar un acercamiento a la psicología del anciano de clase media a partir de tres áreas concretas de investigación: Salud mental, percepción del envejecimiento y autonomía funcional. Se quizo reconsruir, en la medida de lo posible, la problemática real de los ancianos, detectando al interior del sector seleccionado los grupos que requieren atención prioritaria y perentoria. Asímismo, este trabajo constituye la segunda etapa de un proyecto de investigación más amplio, siendo la primera etapa la realizada con el estudio de la realidad psicosocioeconómica de los ancianos de los sectores urbano﷓marginales de Lima (Bibolini, Cano y Vásquez, 1990)
En tal sentido, se buscó dar respuesta a las siguientes interrogantes:
1) ¿Qué características de salud mental presentan los ancianos de clase media en función a las variables edad y género?
2) ¿De qué manera perciben su envejecimiento en función a las variables mencionadas?
3) ¿Qué nivel de autonomía funcional es característico de este sector de ancianos, según su sexo y edad?

Para fines de la presente investigación se incluyó en la categoría de ancianos a todos los sujetos, varones y mujeres, mayores de 65 años, con domicilio en la ciudad de Lima, integrantes de la clase media. Se consideraron como sujetos de clase media a aquellos ancianos que reunían las siguientes características: 1) vivienda de material noble; 2) de propiedad del anciano o alquilada; 3) ingresos personales regulares; 4) con acceso a la satisfacción de sus necesidades básicas; 5) que habiten en sectores urbanos considerados de clase media, que cuenten con los servicios básicos de luz, agua y desague; y 6) que se incluyan a sí mismos dentro de dicho estrato social. Se definió la salud mental como el equilibrio psíquico que resulta de la interacción del individuo con el medio circundante y que le permite desarrollar todas sus potencialidades humanas. Está estrechamente asociada a la satisfacción de las necesidades. Opreracionalmente se la definió como el puntaje obtenido en la "Escala de Salud Mental". Se entendió por Autonomía Funcional la capacidad que tiene el anciano para valerse por sí mismo, interactuar con el ambiente y satisfacer sus necesidades. Operacionalmente se la definde por el puntaje obtenido en la "Escala de Autonomía Funcional". Percepción del envejecimiento es la manifestación subjetiva de los cambios sufridos a nivel somático y funcional, atribuibles al envejecimiento. Esto se expresa en un cambio de la identidad personal, la imagen corporal, la autovaloración, etc. Operacionalmente puede definirse como la autoatribución de rasgos de vejez.
La muestra con la que se trabajó estuvo conformada por un total de 159 ancianos, los mismos que reunían las siguientes características:
- Mayores de 65 años.
- Varones y mujeres.
- Pertenecientes al estrato socio-conómico medio.
- No hospitalizados ni institucionalizados.
- Dispuestos y aptos para responder a la encuesta por sí mismos.
Se partió de un listado inicial de 250 ancianos, arribándose a la cantidad antes mencionada de 159 luego de varios procesos de depuración muestral. El criterio que guió en todo momento el proceso de selección de la muestra fue el de muestreo intencionado, que se consideró el más adecuado dada la carencia de datos demográficos confiables que hubieran hecho posible un tipo de muestreo más riguroso. Para el procesamiento estadístico se utilizaron las pruebas "t" de Student y Indice de correlación de Spearman.
A continuación se hace una descripción muy suscinta de las principales características de la muestra, de acuerdo a las variables edad, sexo, grado de instrucción, distrito de residencia, estado civil y situación laboral. Se tiene que el mayor porcentaje de ancianos (39.4%) se ubica en el intervalo de edad comprendido entre los 65 a 69 años, y que a partir de allí el porcentaje desciende constante y uniformemente en dirección a los más longevos. Se constata también que la muestra está conformada por un mayor porcentaje de mujeres (59.7%) que de hombres (40.3%). En cuanto al nivel instruccional, el grupo mayoritario está constituido por ancianos con estudios secundarios (37.6%), seguido por los que poseen algún nivel de estudios primarios (36.7%). Ambos conforman las tres cuartas partes de la muestra. La cuarta parte restante (24.4%) la integran aquellos ancianos que han seguido algún tipo de educación superior (sea universitaria o técnica). En otras palabras, 4 de cada 10 ancianos de la muestra refieren haber estudiado algún año de educación secundaria; 3 de cada 10 han estudiado algún grado de primaria, y de 2 a 3 de cada 10 han hecho lo mismo con la educación superior. Esto quiere decir que los sujetos estudiados poseen un nivel educativo más o menos aceptable para desenvolverse en un medio socio-cultural como el nuestro. Los ancianos fueron seleccionados en su gran mayoría de distritos considerados como típicos de la clase media o media alta (Miraflores, San Borja, San Isidro, etc); incluyéndose algunos distritos de clase media baja, porque los ancianos que residían allí contaban con los requisitos exigidos en el proceso de muestreo.
En cuanto al estado civil, el sector mayoritario lo constituyen los ancianos viudos (46.9%), llegando a alcanzar a casi la mitad del total; seguidos muy de cerca por los ancianos que todavía conservan a su pareja (39.3%). Lo interesante de este dato es que si se toman los porcentajes de ancianos divorciados (2.2%), viudos (46.9%), separados (2.7%) y solteros (8%), en conjunto, se obtiene que cerca del 60% de la muestra vive en situación de "soledad conyugal"; vale decir, que no cuentan con una pareja con la cual compartir sus existencias. Esto no debe confundirse con aislamiento o abandono social, ya que en su mayoría estos ancianos forman parte de familias nucleares, en calidad de agregados. De esta manera, es poco común el caso de aquellos que viven completamente solos. Sin embargo el caso de "soledad conyugal" debe tomarse en cuenta por su influencia sobre la vida emocional y sexual de los ancianos.
Finalmente, en lo concerniente a la situación laboral de los sujetos de la muestra, se observa que ésta se halla conformada en su mayor parte por ancianos pensionistas o jubilados (36.3%); es decir, que gozan de un ingreso permanente gracias a su trabajo desempeñado a lo largo de varias décadas. En segundo lugar están los ancianos que se dedican exclusivamente a realizar labores domésticas (32.3%), como parte de sus obligaciones familiares (en especial las ancianas amas de casa). Aunque no reciben ingresos por este concepto, esto no excluye que perciban ingresos de otro tipo, como rentas, ayuda de familiares, etc. Luego vienen los ancianos que al momento de ser entrevistados se encontraban laborando (13.7%), siendo éstos en su mayor parte profesionales liberales y comerciantes, que no están sujetos a un régimen de jubilación forzosa. Por último, están los que no realizan ninguna labor importante o destacable dentro o fuera del hogar (los desocupados) y que tampoco son pensionistas, conformados en su mayoría por los más longevos (10.6%), y aquellos que realizan trabajos eventuales, pequeños oficios, aunque su sustento no depende por entero de su realización, sino que lo hacen por costumbre, por mantenerse ocupados, o por facilitarse un ingreso extra (7.1%).
El instrumento utilizado en la investigación estuvo conformado por cuatro secciones de la "Encuesta de actitudes y condiciones de existencia", aplicada por Bibolini, Cano y Vásquez (1990) en su investigación sobre ancianos de sectores marginales de Lima. En su primera sección buscaba recabar información general sobre su situación socio-económica y demográfica, que permita clasificar a los ancianos. En la segunda sección se incluyeron 30 items de la escala de salud mental del Indice Médico de Cornell. Estos items eran representativos de las siguientes 10 secciones del IMC: G (sistema nervioso); I (fatigabilidad); L (hábitos de vida); N (depresión); P (sensibilidad); Q (cólera); O (ansiedad); M (insuficiencia o inadecuación); J (hipocondriasis); y R (antecedentes de salud mental). Estos items debían contestarse con SI o con NO, según correspondiera a la realidad de cada anciano. De tal manera, el puntaje podía variar de 0 a 30, otorgándose un punto por cada SI. La tercera sección pretendía indagar sobre diversos aspectos de la autopercepción del envejecimiento. Se incluyeron items que buscaban hacer meditar al anciano sobre los diversos cambios que ha observado en su apariencia física, en el funcionamiento de su organismo, y en su forma de ser. Con la cuarta sección se evaluó la autonomía funcional de los ancianos; es decir, la capacidad de valerse por sí mismos socialmente y de interaccionar con el entorno de forma independiente. Para ello se elaboraron 16 items que representan actividades sociales específicas, que suponen un nivel determinado de autonomía según que el sujeto los pueda realizar o no.

1) Salud Mental: En lo que respecta a esta área de investigación, se halló lo siguiente:
- Los ancianos de la muestra se caracterizan por presentar dificultades para responder con eficacia a los estímulos del medio. En especial, se observa que ellos se perciben lentos para reaccionar, tendiendo también a equivocarce en sus respuestas y en el procesamiento de la información que se recibe del entorno (56.6%). Esto parece corroborar, en cierta medida, el estereotipo ampliamente difundido acerca de la lentitud de los ancianos.
- El problema que destacan en segundo lugar se ubica dentro de la esfera de la afectividad. Al respecto, los ancianos proponen como una dificultad especial en sus vidas la extremada sensibilidad que los caracteriza; por ello, la mayoría tiende a ofenderse con facilidad o, en su defecto, a mostrarse tímidos o inhibidos (45.9%).
- A esto se agrega, en tercer lugar, que su relación con el mundo está marcada por la ansiedad. Un sector importante de ancianos manifiesta que se enfrenta a su realidad cotidiana con una gran carga de temores y preocupaciones. Entre ellos destacan los referidos a su estado de salud. Es por ello que el anciano de clase media se muestra hipocondríaco, dado que su preocupación por las enfermedades y los achaques tiende a ser excesiva (43.3%).
- De otro lado, también se ven afectados por el cansancio y la fatiga constante (38.4%), lo que les produce, al parecer, alteraciones en el sueño (39.6%) y propensión a encolerizarse o irritarse (39%) a la manera de un cuadro "neurasténico" (aunque este término ya está en desuso) (Kolb, 1978).
- El panorama descrito hasta el momento parece corroborar lo sostenido de manera general por Mishara y Riedel (1986), respecto a los problemas de salud mental que se presentan asociados a la edad. Del mismo modo, coinciden con lo hallado por Bibolini, Cano y Vásquez (1990) con los ancianos de sectores marginales.
- Aunque no se hallaron diferencias en los niveles de salud mental de los ancianos varones y mujeres, ya que el número de síntomas que aquejan a los individuos de uno y otro sexo son similares en promedio (6.2 y 6 respectivamente), si se encontraron rasgos interesantes en relación a los síntomas específicos para cada sexo. Así, se tiene que, tomados individualmente, casi todos los problemas psicológicos evaluados se encuentran más extendidos entre las ancianas que entre los ancianos. Esto quiere decir que son las mujeres que arriban a la tercera edad quienes tienden a verse más afectadas por su situación de ancianas, repercutiendo esto en su integración psicológica y emocional, y en el funcionamiento de su sistema nervioso. Ello concuerda nuevamente con la situación de las ancianas de los sectores menos pudientes, mencionada anteriormente, que también presentan graves dificultades de salud mental (Bibolini, Cano y Vásquez 1990). Entonces, se puede afirmar hasta cierto punto, que el sector femenino de los ancianos es el que cuenta con menos recursos para afrontar la vejez saludablenente (a pesar de lo que dicen las estadísticas demográficas, en el sentido de que las mujeres sobreviven a los varones) constituyendo, así, un grupo de alto riesgo en salud mental.
- De otro lado, tampoco se halló relación significativa entre la edad de los ancianos y su salud mental. Vale decir que, tomado en general, el hecho de envejecer no acarrea necesariamente una mayor cantidad de problemas de salud mental. Al igual que en el caso de salud mental y sexo, la relación debe buscarse en lo específico. Se quiere decir con ello que sólo algunos problemas concretos parecen acentuarse a medida que se envejece. Se ha encontrado, por ejemplo, que los problemas de insuficiencia o inadecuación frente al medio tienden a aumentar con la vejez, haciéndose más evidentes en los ancianos de 85 años. Lo mismo se puede decir en cuanto a la preocupación por las enfermedades, la fatigabilidad, y la tendencia a irritarse o ser colérico.
- Con esto se tiene que, al igual que el grupo de las mujeres, el sector de los más longevos también constituye un sector de alto riesgo en salud mental.
2) Percepción del envejecimiento: Lo más destacable en este rubro es lo siguiente:
- Los ancianos de la muestra al describir los rasgos de vejez que son más notorios en sus personas tienden a resaltar más los cambios ocurridos en el plano físico. Por lo observado, se puede decir que percibirse viejo en la clase media limeña es percibir cambios en la apariencia física: menos cabello, canas (91.2%); manchas y arrugas en la piel (81.1%); mayores problemas de visión y de audición (74.9%); déficit en la fuerza muscular (59.7%), etc. Es decir, la metamorfosis típica del anciano de cualquier latitud. A esto se agrega una característica psicológica, como es su fuerte apego al pasado (57.2%), ya sea bajo la forma de recuerdos (rumiar el pasado) o asumiéndolo como un modelo para el presente.
- La influencia del sexo y la edad sobre la forma como los ancianos perciben su proceso de envejecimiento, se presenta de manera similar a lo que se observó en salud mental. Aquí también se encontraron promedios similares entre hombres y mujeres, en cuanto a la cantidad de rasgos que se autoatribuyen (12.8 y 14.6 respectivamente).
- Tampoco hay una asociación significativa entre el paso del tiempo y el número de rasgos que perciben perciben en sí mismos. Donde sí se nota la influencia de las dos variables mencionadas es en la percepción de rasgos específicos. Es el caso, por ejemplo, de la presencia de manchas y arrugas en la piel, que son más destacadas por las mujeres y por los ancianos (varones y mujeres) mayores de 85 años; y la disminución de la fuerza muscular, más sentida por los hombres y por el sector mayor de 85 años.
- A este respecto, el factor social y los roles genéricos parecen ejercer una fuerte influencia. Las mujeres toman más en cuenta el cambio en su apariencia externa, vinculada a la belleza, coquetería y femineidad; los hombres, por su parte, resienten más la debilidad física pues está asociada al trabajo duro, la agresividad y la protección al sexo débil. Su pérdida puede ser vista como una disminución de la virilidad y un aumento de la dependencia (Acevedo, 1985).
- Dentro de la percepción del envejecimiento, cabe llamar la atención sobre la explicación (atribución de causas) que los ancianos realizan de su vejez, y sobre la rapidez con que ésta se instaura para ellos. El criterio cronológico (esto es, explicar la vejez por el paso del tiempo y la acumulación de años), que fue destacado en primer lugar por los ancianos pobres de Lima (Bibolini, Cano y Vásquez, 1990), es también el que prima en el sector de clase media (76.1%), y en especial, entre los varones (83.3%). Las mujeres también lo destacan (71%), aunque hacen mención además de otras causas, como las enfermedades sufridas (16.1%) y el tipo de vida que han llevado (16.1%). Sobre esto último, la diferenciación de roles vuelve a prevalecer: las mujeres ancianas han vivido la mayor parte de su vida sujetas a criterios machistas, que las han condicionado para el sacrificio y el sufrimiento (especie de desesperanza aprendida). No en vano, un tercio de la muestra está conformado por amas de casa.
- El criterio cronológico parece perder vigencia a medida que el sujeto se vuelve más longevo; es decir, que la vivencia de la vejez va socavando esta explicación tan simple y añadiéndole otras explicaciones.
- El ritmo del envejecimiento es percibido de forma diferente por hombres y mujeres. La mayoría de los varones (59.1%) piensa que envejece de forma lenta o poco a poco. Las mujeres, en cambio, en su mayor parte (52.7%) ven este proceso como algo normal, ni lento ni rápido.
- La edad también parece influir sobre la percepción de la rapidez del envejecimiento. La vejez en sus inicios es percibida como un proceso lento, el mismo que cambia hacia una visión de normalidad hacia los 85 años. Esto hace suponer que los ancianos más longevos se van "acostumbrando" a su vejez, que la comienzan a vislumbrar como algo natural.
- Antes de pasar a comentar la tercera variable de estudio, se creyó conveniente hacer mención de la correlación hallada entre salud mental y percepción del envejecimiento. Esta relación, que se manifiesta como sustancial o marcada (0.62), hace suponer una influencia negativa de los problemas psicológicos sobre la autopercepción de los ancianos y viceversa. La presencia de características tales como ansiedad, irritabilidad, sensación de insuficiencia para actuar frente al medio, sensación de inutilidad, entre otras, puede llevar a los ancianos a sobre valorar (y en algunos casos extremos, a crear y/o acelerar) algunos rasgos propios de la vejez. De igual modo, cabe suponer que la presencia de dichos rasgos y su efectos en las vidas de las personas evaluadas puede generar problemas psicológicos, ya que, al parecer, las limitaciones que conllevan y la marginación social que les es concomitante, terminan por afectar el equilibrio interno de los individuos. Lo más probable es que exista una influencia recíproca entre ambos factores, los mismos que a la manera de un círculo vicioso se retroalimentan mutuamente.
3) Autonomía Funcional:
- Entre las principales características de esta área se destacan los problemas para movilizarse a lugares distantes (40.9%), preparar sus alimentos (32.7%) y conseguir las cosas que necesitan (29.6%). Aquí, al igual que con las variables anteriores, no se notó la influencia del género sobre el nivel total de autonomía funcional.
- Tampoco se halló relación significativa entre la limitación general para valerse por sí mismos y la edad de los ancianos. La influencia del sexo y la edad debe buscarse en las limitaciones específicas, es decir, en las dificultades concretas que experimentan los ancianos. Por ejemplo, la proporción de mujeres que tiene problemas para movilizarse a lugares distantes (51.6%) es el doble que la de los varones (25.8%), ocurriendo exactamente lo contrario en el caso de los ancianos que tienen problemas para preparar sus alimentos (47% varones y 22.6% mujeres). La explicación para este fenómeno se puede hallar, nuevamente, en la diferenciación de roles genéricos. Por ejemplo, es sabido que las mujeres de hace 50 ó 60 años (en especial, las limeñas de clase media) no solían, por diversos motivos, desplazarse solas a lugares distantes, costumbre ésta que mantendrían desde su juventud. Si buscamos una explicación de otro tipo, esta tendría que abarcar también a los hombres, provocando un impedimento similar (lo cual, como ya se dijo, ocurre en una proporción muy inferior). No se niega la existencia de impedimentos reales (artritis, parálisis, desorientación, temor a perderse, etc.), pero estos conciernen más a casos aislados, de uno y otro sexo, y no pueden utilizarse para explicar el fenómeno general.
- De otro lado, los varones de generaciones pasadas no solían entrar en la cocina "para nada", por ser éste un "lugar de mujeres" (al respecto, es importante señalar que muchos de los varones de la muestra especificaron a los entrevistadores que no preparaban sus alimentos porque sus familiares u otras personas lo hacían por ellos). Las mujeres también tienen más dificultad que los varones para conseguir los bienes de consumo necesarios (22.7% y 34.4%). Esto parece estar asociado a la limitación anteriormente mencionada, dado que si no pueden movilizarse es difícil que puedan salir de compras.
- En cuanto a la influencia de la edad sobre la autonomía funcional, no se notó una correlación significativa entre la acumulación de años y el nivel general de dependencia. La influencia, como en los casos anteriores, debe buscarse en las limitaciones específicas.
Es evidente que los fenómenos descritos deben estar determinados por diversas causas, pero, creemos entender, las principales deben buscarse en la diferenciaión de roles genéricos que rigen en sociedades como la nuestra. La discriminación que sufren las mujeres en el campo laboral, económico, familiar y demás, debe producir un efecto acumulativo que, a posteriori, redunde en una vejez más problemática. En este sentido, la teoría de la continuidad de Atchley (Mishara y Riedel, 1986) parece cumplirse: Una vida marginada y deficitaria (aunque esto en la clase media se da de manera diferente que en la clase baja) produce casi siempre una vejez con problemas. A ello puede contribuir el hecho de que la mayoría de sujetos de la muestra son jubilados o desocupados. Al no tener una actividad significativa actual llenan su tiempo pensando en lo ya vivido. Dicha situación coincide con lo que Simon de Beauvoir (1983) y Carlos Vivanco (1982) plantean, en cuanto a que en la tercera edad los cambios que se experimentan abarcan, en mayor o menor medida, todas las esferas de la vida. Ahora bien, el hecho de que los ancianos destaquen más los cambios físicos que los psicológicos parece estar asociado a la mayor notoriedad de los primeros y a su vinculación con el estereotipo que se maneja del viejo (viejo = arrugado y/o canoso).
En cuanto a la autonomía funcional, lo más resaltante es el estado relativamente aceptable de los ancianos de la muestra. Ello, en comparación al estado de marcada dependencia que caracteriza a la vejez pobre. Los problemas de autonomía son escasos y abarcan a un sector de la muestra más pequeño que aquel que es afectado por los problemas de salud mental o de percepción del envejecimiento. Los ancianos de clase media son más favorecidos que los viejos pobres por las condiciones materiales de existencia y las redes de soporte familiar. Sus necesidades están mejor satisfechas, y ello los conserva mejor en todos los aspectos (Beauvoir, 1983; Casals, 1982). La consecuencia es obvia: hay mayor independencia y libertad de acción en los de clase media, amén de tiempo libre. En síntesis, muchos problemas detectados en la autonomía funcional pueden explicarse a partir de la participación de factores individuales antes que colectivos o grupales. Entre estos se encuentran el aprendizaje, la experiencias vitales críticas, los accidentes y enfermedades, la educación, la ocupación, etc. No se puede descartar la influencia restrictiva que la sociedad ejerce sobre los ancianos, limitándolos en sus posibilidades de actuación, encasillándolos en modelos y patrones de "viejo", y recortándoles sus posibilidades de participación. Las diferencias encontradas en la forma de vivir y exteriorizar la vejez, entre los miembros de la clase media y baja, nos hace poner de relieve los factores sociales, refractados por cada individuo de manera peculiar.
No existe una vejez tipo sino múltiples vejeces; tantas como sociedades, culturas y clases sociales existen. Esta es la lección principal que se desprende de la presente investigación.
Las conclusiones principales son las siguientes:
1) No existen diferencias significativas en los niveles de salud mental, autonomía funcional y percepción del envejecimiento entre los ancianos varones y mujeres de la muestra. Tampoco existen relación significativa entre dichas variables y la edad de los ancianos.
2) Las variables género y edad antes que influir de forma general, se manifiestan de manera específica sobre ciertos aspectos de la salud mental, la autonomía funcional y la percepción del envejecimiento, y sobre algunos grupos de ancianos, como son las mujeres y los más longevos.
3) En cuanto a salud mental, los ancianos presentan más problemas en las áreas de insuficiencia frente al medio, sensibilidad, ansiedad, hipocondríasis, fatigabilidad e irritabilidad.
4) En cuanto a percepción del envejecimiento, los ancianos destacan los cambios en su apariencia externa, déficits sensoriales y de fuerza muscular, y variación de su percepción del tiempo.
5) En lo que respecta a la autonomía funcional, los ancianos destacan por poseer un nivel aceptable de recursos para actuar con independencia frente al medio.
6) Se detectó una relación suntancial entre la presencia de problemas de salud mental y la percepción del envejecimiento.

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

1) BEAUVOIR, S. La vejez. Buenos Aires. EDHASA, 1985.
2) BIBOLINI, A., CANO, E., y VASQUEZ, C. Condiciones de existencia y actitudes ante la vida en ancianos de poblaciones urbano﷓marginales de Lima. Lima: AMIDEP, 1990.
3) CASALS, I. Sociología de la ancianidad. Madrid: Mezquita, 1982.
4) Centro Internacional de Gerontología Social. "Consideraciones demográficas". En: Programa de formación en gerontología. Lima: CIGS. pp 7﷓60, 1986.
5) KOLB, L. Psiquiatría clínica moderna. Mexico: Científico Médica, 1978.
6) MISHARA y RIEDEL. El proceso de envejecimiento Madrid: Morata,1986.
7) RICKETTS,P. "Los jóvenes peruanos de hoy". En: Expreso. Lima: 15 de setiembre de 1991. p. A14, 1991.
8) UGARTE, C. "El estado de salud". En: Temas poblacionales I. Lima: AMIDEP, 1986.
9) VIVANCO, C. Tercera edad Lima: Pablo Villanueva editor, 1982.

CONSEJERIA PSICOLOGICA

César E. Vásquez Olcese[1]

“Hay quienes no pueden aflojar sus propias cadenas
y sin embargo pueden liberar a sus amigos”
- Federico Nietzsche -


La personalidad y su crecimiento.-

Definición de personalidad. La personalidad ha sido definida de múltiples maneras, según han habido diversos teóricos sobre ella. No podemos aspirar a una concepción y a una definición únicas. En lo que sí parece haber consenso es en el hecho de que la personalidad se forma en la interacción con los demás, con los otros significativos, y que las experiencias resultantes de esta interacción repercuten y moldean nuestra herencia biológica. Es decir, que somos el resultado de lo social y lo biológico.

Gordón Allport es uno de los más importantes teóricos de la personalidad. Su definición de la misma es la siguiente: “Personalidad es la organización dinámica en el interior del individuo de los sistemas psicofísicos que determinan su conducta y su pensamiento característicos”. Analicemos los componentes de esta definición.

Se considera que la personalidad es una organización porque está constituida por configuraciones, niveles, jerarquías y estructuras de hábitos, ideas y formas de sentir, que dirigen y se manifiestan en la conducta. Este término implica su opuesto recíproco de desorganización, que hace referencia a las personalidades anómalas.

El término psicofísico nos recuerda que la personalidad no es ni exclusivamente mental ni exclusivamente neural (física). Su funcionamiento requiere de ambos en unidad dialéctica. La base biológica es el temperamento.

Sistema. Todo sistema es un complejo de elementos en mutua interacción. Una costumbre es un sistema, como lo es también un sentimiento, un rasgo o característica, un concepto, un estilo de conducta. Estos sistemas existen en el organismo en estado latente incluso cuando no son activos. Son nuestro potencial para la acción.

Determinan. La personalidad es algo y hace algo. Los sistemas psicofísicos latentes, cuando son llamados a la acción, motivan o dirigen una actividad y un pensamiento específico. Todos los sistemas comprendidos en la personalidad han de considerarse como tendencias determinantes.

Característicos. Todo pensamiento y toda conducta son característicos de la persona, únicos y existentes solamente en un individuo. Incluso los actos y los conceptos que aparentemente compartimos con otros son en el fondo individuales e idiosincrásicos.

Conducta y pensamiento. La conducta y el pensamiento son producto de la personalidad, al igual que las emociones y sentimientos, y en su conjunto son el vehículo para adaptarnos a la realidad.

Campo experiencial y self. Carl Rogers denomina “campo experiencial” al conjunto de experiencias que tiene el organismo en interacción con su entorno, en un momento dado, y que potencialmente pueden acceder a la conciencia. El self, sí mismo o Yo, es la parte del campo experiencial que puede ser representada verbalmente, es decir, hecha conciente e identificada como propia del sujeto; es todo lo que en un momento determinado podemos decir que somos nosotros: “tengo tales y cuales emociones, mi inteligencia y aptitudes son así o asá, mis habilidades son estas, mis deseos y necesidades aquellos, etc.” De todo lo que experimentamos de nosotros mismos, identificamos, con cierta continuidad en el tiempo, un conjunto de rasgos y cualidades que nos dan identidad: “esto soy” “esto puedo” “esto valgo”; a eso le denominamos “self”. Pero este self es sólo un porcentaje mínimo de lo que realmente somos y que aún no hemos descubierto ni verbalizado.

Una cualidad del self es que está en constante movimiento, como una célula, expandiéndose y contrayéndose, incorporando y expulsando experiencias e ideas, abarcando más o abarcando menos del campo experiencial, es decir, representando más o menos de nosotros mismos. De ahí que nuestro self, nuestro autoconcepto, no permanezca estático; que cambie constantemente.

Ahora bien, dado que el self es básicamente verbal, y que las palabras connotan juicios de valor, nuestro self y sus cualidades se verán inexorablemente ligadas a apreciaciones valorativas provenientes del exterior, de nuestros padres y criadores, y que nosotros internalizamos (introyectamos: introyectos) y asumimos como propios. Si el ambiente que nos rodeó y nos rodea es más o menos aceptador, nutritivo y empático frente a nuestras necesidades, entonces nuestros introyectos serán relativamente favorables, reales y facilitadores del autodescubrimiento y la autoexperiencia. Si el ambiente y los introyectos son descalificadores y agresivos, nos negaremos a experimentar lo suficiente por temor y aceptaremos como propios, sin ponerlos a prueba lo suficiente, los introyectos ajenos; estos introyectos muchas veces no corresponderán a la realidad, y desarrollaremos así lo que se conoce como “falso self” o “self incongruente”.

Self congruente e incongruente. Si consideramos que el campo experiencial es el territorio y el self es el mapa de dicho territorio (no sólo cognitivo, sino también afectivo-valorativo), el “self congruente” vendría a ser un mapa que refleja casi fielmente el territorio, y además enfatiza y resalta sus cualidades, haciéndolo atractivo de visitar. El “self incongruente”, en cambio, sería un mapa que corresponde poco con el territorio y encima enfatiza lo negativo, haciendo del paseo una labor tediosa, frustrante y que asusta. Es fácil deducir cuál de las dos personas, el congruente o el incongruente, será más eficaz y eficiente en su actividad; cuál tendrá más facilidad para elegir con éxito, conociendo cuáles son sus recursos y limitaciones reales, sintiéndose apoya por sí mismo, y cuál dará “manotazos de ciego” por guiarse con un mapa falso.

Condiciones para el paso de la incongruencia a la congruencia. Toda persona, dice Rogers, tiene el potencial innato de crecer hacia la congruencia, desarrollando un self auténtico que refleje lo que es y lo ayude realmente a desenvolverse en el medio. Aún en medio de nuestra limitaciones genéticas y biológicas podemos desarrollar un grado adecuado de congruencia. No obstante, “las personas de funcionamiento cabal”, como él las denomina, no son precisamente abundantes. Esto, creemos, se debe a que la calidad del entorno en que vivimos y los introyectos que recibimos contrarrestan negativamente dicha tendencia innata.

Podríamos usar la siguiente metáfora: la semilla del crecimiento cabal y congruente está presente en todos nosotros, aunque no en la misma proporción ni representando a la misma especie vegetal (sino todos seríamos aburridos clones). Para que esta semilla crezca necesita un terreno rico en tres sustancias básicas: aceptación incondicional, empatía y autenticidad. Con esto presente empezaremos explorarnos, a conocernos, a valorarnos y a desarrollar lo que podemos y queremos ser a cabalidad.

Creemos firmemente que un ambiente facilitador para el crecimiento puede y debe gestarse en la consejería y la tutoría. La relación de ayuda que exponemos a continuación abunda en ello.

La relación de ayuda.-

En sus libros “Orientación psicológica y psicoterapia”, “Psicoterapia centrada en el cliente” y “El proceso de convertirse en persona”, Carl Rogers realiza una serie de planteamientos tendientes a esclarecer su posición frente al counseling, el proceso terapéutico, la personalidad y la naturaleza humana. En dichos textos establece la siguiente hipótesis como eje de toda su concepción psicológica: "Que el individuo tiene la capacidad suficiente para manejar en forma constructiva todos los aspectos de su vida que potencialmente pueden ser reconocidos en la conciencia" (Rogers, 1972, 1978). Dicha hipótesis es, a nuestro entender, el planteamiento esencial del enfoque, y, a su vez, lo que genera mayores polémicas. Veámosla con mayor detenimiento.
Rogers asume -en base a datos empíricos, según dice- que existe en todo ser humano una tendencia innata a la actualización, esto es, al desarrollo progresivo y a la superación constante, si se encuentran presentes las condiciones adecuadas (Rogers y Kinget, 1971). Algo similar a la autorrealización, también innata, que proponen Maslow y May y todos los demás psicoterapeutas humanistas (Frick, 1973), y a la autorregulación organística de Fritz Perls (Perls, 1987).
El hombre, dice Rogers, es positivo por naturaleza, y por ello requiere respeto absoluto, especialmente en cuanto a sus aspiraciones de superación (Di Caprio, 1976). De ello se desprende que está contraindicado para el consejero realizar todo tipo de conducción o dirección sobre el individuo; todo tipo de diagnóstico o interpretación, porque ello constituiría un atentado contra las posibilidades del sujeto y contra su tendencia a la actualización. Se recomienda situarse en el punto de vista del cliente, asumir su campo perceptual y trabajar en base a ello como una especie de alter ego. Incluso la palabra "cliente" es asumida de una manera especial: el cliente es aquella persona que responsablemente busca un servicio y participa del proceso terapéutico de la misma manera; aquella, explícita o implícitamente, conciente de su capacidad de desarrollo no utilizada, que no va "a ser ayudada" sino que trata de ayudarse a sí misma y participa activamente en el proceso. Se descartan del lenguaje rogeriano los términos paciente, enfermo, curación, diagnóstico, etc., porque connotan dependencia, limitación y falta de respeto por la persona.
Esta actitud frente a la dignidad del cliente, la aceptación incondicional y el respeto que se le tiene cobran una importancia tal que se les consideran factores que favorecen u obstaculizan (de faltar) la adquisición del enfoque centrado en el cliente. Aceptación y respecto deben estar enraizados en la personalidad del consejeto o tutor, formar parte esencial de su ser, y ello pasa, antes que nada, por aceptarse a sí mismos.
En síntesis, la hipótesis central propone que el ser humano puede, si se le presentan las condiciones adecuadas, desarrollarse o actualizarse, ampliar sus capacidades y ser conciente de lo que experimenta a fin de poder auto controlarse. "No se puede manejar eficazmente lo que no se percibe concientemente", propone Rogers. De allí la necesidad de ampliar el concepto de sí mismo del cliente, su self, y de incluir en él todo (o casi todo) lo que vivencia. Pero no se pretende hacerlo actuando sobre él sino, como dice Kinget, "acompañándolo" en la experiencia, brindándole las condiciones requeridas y dándole seguridad (Rogers y Kinget, 1971).
En este contexto teórico, la ayuda viene a ser “...toda relación en la que al menos una de las partes intenta promover en el otro el crecimiento, el desarrollo, la maduración y la capacidad de funcionar mejor y enfrentar la vida de manera más adecuada...”; “...relación en la que uno de los participantes intenta hacer surgir, en una o ambas partes, una mejor apreciación y expresión de los recursos latentes del individuo y un uso más funcional de estos” (C. Rogers). Ayudar, entonces, más que solucionar ES PROMOVER Y FACILITAR, creando condiciones adecuadas para que se de el impulso innato al crecimiento. No es sufrir por el otro, ni desvivirse por los demás negándose a sí mismos; no es hacer por los demás sino inducir a que ellos hagan por sí mismos.
La relación de ayuda tiene las siguientes características:
a. Tiene lugar por consentimiento mutuo de los participantes: no se puede ayudar por obligación ni nadie puede ser obligado a que lo ayuden. Para que sea útil no puede haber presión ni coerción.
b. En la relación de ayuda se expresa afecto: el cliente tiene el derecho de depositar en el consejero todos los afectos que surjan, y éste debe estar en condiciones de soportarlos y dar el holding correspondiente. Los únicos afectos que el consejero o tutor puede dar son la aceptación, la autenticidad y la empatía. Lo más personal e íntimo se lo guarda para su propio consejero.
c. La relación de ayuda tiene sentido: trata de experiencias directas y personales que le dan significado; de allí que no se trate de un aleccionamiento ni de darle “charlas”, sino de explorar, reconocer y aceptar lo que el cliente es.
d. En la relación de ayuda se manifiesta la persona total: se respeta al individuo y su integridad. Supone honestidad intelectual y emocional entre los participantes; no hay lugar para el fingimiento.
e. La relación de ayuda se da porque el cliente necesita comprensión, un ambiente facilitador del crecimiento, información, vínculos reparadores, etc. Las necesidades principales son las del cliente, las de consejero pasan a un segundo plano.
f. La persona que ayuda es accesible y se muestra segura: reconoce para sí sus límites, y aunque no tenga toda su vida solucionada no mezcla sus problemas con los del cliente ni lo usa para sentirse bien consigo mismo. Se muestra cordial y dispuesto a escuchar.
g. La relación de ayuda es una situación estructurada: tiene ciertas reglas, límites, objetivos y procedimientos. Exige roles y capacidades diferenciadas. No es una simple charla entre amigos.
h. Promueve el cambio: consejero y cliente aprenden el uno del otro y el resultado es el cambio, es decir, formas diferentes y más adaptativas de pensar, sentir y comportarse, resultado del trabajo conjunto.
Tal vez la relación de ayuda puede quedar más clara en su esencia si resaltamos lo que ésta no es. Al respecto Charles Patterson plantea lo siguiente:
a. No es el suministro de información, aunque durante el proceso de ayuda ésta pueda proporcionarse.
b. No es dar consejos, sugerencias o recomendaciones.
c. No es influir, abierta o sutilmente, sobre las creencias o conductas por medio de la persuasión, creencias o convicción, por más indirectas o inocuas que puedan ser. No queremos que el aconsejado esté hecho a nuestra imagen y semejanza.
d. No consiste en influir sobre la conducta mediante advertencias, amenazas, prevenciones u otros modos de obligar sin el empleo de la coerción o la fuerza física (la disciplina y la labor pseudo policiaca no es counseling ni ayuda).
e. No consiste en la selección y distribución de los individuos para las diversas tareas y actividades.
f. No consiste solamente en realizar entrevistas, sino en la actitud con la que éstas se llevan a cabo.

Counseling y psicoterapia.-

La relación de ayuda puede manifestarse de muchas maneras, pero para los fines que perseguimos resaltaremos las dos principales:
a. El counseling, y
b. La psicoterapia
En lo que sigue abordaremos y profundizaremos en el counseling, así que ahora sólo revisaremos brevemente qué es la psicoterapia y cuáles son las diferencias básicas con la consejería.
La psicoterapia es un tipo de ayuda en el cual un profesional entrenado (exclusivamente psiquiatras y psicólogos con formación), utilizando determinados enfoques teóricos y técnicas, trata de inducir cambios importantes en la personalidad y la conducta del cliente. Este cliente adolece de dificultades que trascienden lo meramente adaptativo o coyuntural, y hacen suponer trastornos de personalidad o enfermedad mental. Sus problemas se manifiestan a través de signos y síntomas estructurales. La psicoterapia es una forma de tratamiento y tiene un carácter curativo. El counseling es preventivo, dirigido a personas sanas que atraviesan por dificultades situacionales que implican el escoger o el ejecutar, y que requieren apoyo emocional. Básicamente el counseling surge para subsanar ciertas carencias de apoyo que toda persona necesita en momentos claves de su vida, y que lamentablemente la sociedad y la familia proporcionan cada vez menos. En una familia funcional el rol del consejero correspondería de manera natural al grupo familiar en su conjunto; pero al fallar éste se crea un reemplazo en el tutor o consejero.
En síntesis, la psicoterapia tiene un carácter curativo, es más profunda, dura más, requiere de una formación más especializada y se avoca a problemas que entrañan fallas esenciales de la salud mental. En counseling es preventivo, “superficial”, requiere de menos especialización y se avoca a la superación de crisis y situaciones problemáticas pero no a fallas de la personalidad.
Counseling

- Capacita al individuo para que utilice sus recursos con mayor eficiencia y eficacia en el afronte de problemas (terapia de cambio mínimo).
- Se centra en la solución de problemas específicos y no arraigados.
- Se centra en partes sanas a desarrollar; busca lo normal aún en personas anormales.
- Trabaja con clientes cuyo nivel de malestar interfiere o quebrante, pero no incapacita, limita o desintegra.
- Preventivo, superficial y breve.
- Busca cambiar aspectos disfuncionales o anormales de la personalidad.
Psicoterapia
- Trata de modificar el nivel de ansiedad, las defensas y otros hábitos generaliados de respuesta.
- Se centra en debilidades a superar. Busca anormalidades en personas normales.
- Pacientes con niveles de ansiedad, malestar por encima de lo adaptativo.
- Curativo, profundo, extenso.

Aproximación teórica al counseling.-


El uso de la palabra "COUNSELING" en inglés, se ha convertido en un término técnico. La traducción no es precisa y pueden usarse diversos términos para referirse a ella: Orientación, consejo, consultoría, asesoría...hasta tutoría. Lo mejor, creemos, es usar el vocablo inglés a fin de ahorrarnos engorrosas discusiones, ya que los términos mencionados no son totalmente sinónimos, y entrañan sutiles diferencias semánticas.
El counseling es una profesión nueva en Sudamérica, aunque hace más de cincuenta años que existe en los Estados Unidos, Europa, Canadá, y más recientemente en la India, Japón, China y México.
Es una subdivisión de la Ciencia Psicológica y una especialidad en sí misma, que brinda la posibilidad de ayudar a personas normales, en sus crisis y angustias cotidianas. El counseling es un proceso de apoyo, es una filosofía que trata de definir un saber estar con las personas. Son técnicas de apoyo emocional, que con su manejo adecuado en manos de profesionales, son capaces de ayudar a las personas a resolver sus propios conflictos, si se les da la oportunidad. El aspecto más importante del counseling es la elaboración de los sentimientos.

También se ocupa del sufrimiento común del ser humano, no de la patología mental. Su finalidad es facilitar un aprendizaje cognitivo-emocional para la prevención, el cambio y el desarrollo personal.
Pone énfasis en crear salud para evitar la enfermedad, usando nuestras facultades y talentos, y ayuda a descubrir por sí mismo el sentido de la vida.


Es tarea del Counselor brindar un clima de encuentro, de libertad y de amor. El consultante debe estar dispuesto a revisar sus actitudes y conductas, y además asumir la responsabilidad sobre sí mismo.
Se trabaja en forma individual o grupal y se usan recursos lingüísticos, corporales e imaginación.
Son acciones terapeuticas cortas cuya duración varía entre algunas semanas a unos pocos meses, según el caso.
El COUNSELING se va insertando en el ámbito educativo, laboral y también en el área hospitalaria como en clínicas privadas, apuntando a la calidad de vida de todos.

Reglas básicas del counseling.-

Cuenta con ocho normas de apoyo emocional que deben estar siempre presentes y que deberíamos aplicarlas en nuestra labor como tutores y consejeros. Éstas son:

- No juzgues
- Sé empático
- No des consejos
- No preguntes nunca por qué…
- No tomes la responsabilidad del problema del otro
- No interpretes la situación del otro
- Concéntrate en el aquí y el ahora
- Concéntrate primero en los sentimientos


En muchas ocasiones, nuestra propia intuición nos hace actuar usando algunas o todas de estas normas, pero es importante, si queremos evolucionar a un mayor reconocimiento de nuestra labor tutoral, que seamos conscientes de por qué usamos estas normas y hacia dónde llevan.

- No juzgues.

Nuestra labor no es la de juzgar a nadie, y menos a las personas que buscan consejo en nosotros. En nuestro quehacer diario cometemos el error de establecer una sentencia de culpabilidad o no culpabilidad a las conductas de las personas, con lo cual reeditamos el ambiente descalificador que llevó al aconsejado a la crisis o problema que lo aqueja; es decir, no ayudamos en nada. Muy al contrario, el consejero o tutor debe crear un ambiente de aceptación –poco usual en nuestro medio, por lo demás- a fin de que la persona se anime a explorarse a sí misma y supere sus dificultades. Aceptar al consultante no significa estar de acuerdo con él ni compartir sus creencias; significa, lisa y llanamente, evitar juzgarlo o criticarlo. Alcanzar esta meta implica haber recorrido el 50% del camino de un proceso de orientación o consejo.

- Sé empático.

Definimos empatía como el proceso de colocarse, cognoscitiva y efectivamente, en la situación del otro, de procurar entender sus sentimientos, vivencias y el significado personal de sus experiencias más importantes, dejando de lado en lo posible nuestro propio campo experiencial. La aplicamos mediante :

· La escucha activa: en principio...callarse y escuchar con atención al otro, poniendo énfasis en lo que pasa aquí y ahora, en su marco de referencia interno, tratando de no anticiparnos a lo que va a ocurrir; tratar de captar el significado emocional de lo que dice en lugar de centrarnos sólo en los hechos o anécdotas narrados. En pocas palabras, sensibilizar el oído al discurso emocional del interlocutor. Además, comunicar al cliente lo que hemos captado en él con fines de retroalimentarlo y facilitar su autoconocimiento.
· La postura corporal empática:
o Mirar a los ojos.
o Hacer señales con la cabeza en señal de aliento.
o Copiar sutilmente las expresiones del aconsejado para demostrarle empatía.
o Adoptar una postura cordial, relajada y abierta inclinándose ligeramente en dirección al cliente.

Cabe establecer una diferenciación entre simpatía y empatía, para que no caigamos en errores. La simpatía es superficial, y hasta cierto punto entraña sentimientos de pena, lástima, solidaridad, cortesía, condolencia o similares, pero desde una actitud de “estar fuera del marco referencial del aconsejado”. El consejero que “simpatiza” no se esfuerza por entender usando las claves mentales del otro sino conservando las suyas propias, y es desde allí que juzga y simpatiza. Obviamente, esto no es de mucha ayuda, pues no hay un verdadero acompañamiento emocional, que es lo verdaderamente terapéutico en esta clase de relaciones. La empatía, en cambio, supone un renunciamiento personal momentáneo; un tratar de asumir al otro en todo lo posible a fin de comprenderlo.

No siempre vamos a poder empatizar con todo el mundo y esto no significa que no seamos buenos consejeros. Pero si que es verdad que aunque no podamos empatizar si que podemos tratar de averiguar qué sentimientos tiene la otra persona en esos momentos. Esto de por sí ya es bastante ayuda.

- No des consejos

Curiosamente lo que menos se recomienda a un “consejero” es aconsejar. Si partimos del principio básico del counseling, el cual dice que la persona es capaz de resolver sus propios conflictos si se le dan las condiciones psicológicas adecuadas, dar consejos puede ser innecesario y hasta contraproducente, pues decirle a la persona lo que debe hacer violaría este principio básico, ya que implicaría que nosotros, los “aconsejadores”, sabemos mejor que él lo que debe hacer con su vida. Además, casi siempre, de todo el tiempo que estemos con el aconsejado, seguramente no se va a acordar de lo que le hayamos dicho pero sí que se acordará de cómo se sintió con ese profesional. Obviamente esto tiene sus excepciones; hay casos, muy puntuales y concretos, donde un consejo puede ser tolerado, pero no exageremos.

- No preguntes nunca (o casi nunca) por qué

La vía regia para la superación de los conflictos y problemas es la toma de contacto y la exploración de las emociones y sentimientos; esto lleva al autoconocimiento y al cambio positivo. La búsqueda de “porques” nos aleja de esta meta y nos lleva automáticamente a la racionalización y al autoengaño. El por qué nos empuja a buscar la causa de la causa de la causa... y para eso el consejero o el tutor no son necesarios. Si necesitamos hacer preguntas, más útil resulta el “cómo”. Preguntar cómo suceden las cosas nos lleva a centrarnos en los procesos y a una mayor toma de conciencia. El por qué, además, lleva también a buscar culpables y/o responsables, y a evadir nuestra propia responsabilidad por lo que nos sucede.

- No tomes la responsabilidad del problema del otro

Un fenómeno que recién se empieza a estudiar y que aqueja a las personas que ejercen profesiones de ayuda (entre ellas los maestros y consejeros) es el llamado “síndrome del quemado”, del burnout o de Thomas. Esto es, un estado de estrés permanente y desgastador que acarrea trastornos psicosomáticos y puede llegar a dejar fuera de combate a quien lo padece. Por ello es necesario aprender a no llevarse el trabajo y sus problemas a casa; no querer vivir por los demás ni solucionar los problemas ajenos a como de lugar. Como decía el maestro Humberto Rotondo, cuidarnos del “furor curandis”. Un principio básico del counsaling dice que la ayuda no puede ser obligatoria; no se puede ni se debe forzar a nadie a recibir nuestro auxilio, porque de ser así más nos estaríamos ayudando a nosotros mismos al sentirnos “útiles”, que a la persona aquejada. El verdadero profesional de la ayuda sabe que ésta tiene su momento, y que muchas personas que parecen necesitarla no siempre están maduras para recibirla. No está demás resaltar el hecho de que una persona que se siente demasiado involucrada por los problemas ajenos necesita, para sí mismo, ayuda. La excesiva solidaridad (así como la excesiva indiferencia) no son indicadores de salud mental.

- No interpretes la situación del otro

Interpretar es buscar el significado, oculto a la actual comprensión del aconsejado, de su conducta y sus experiencias. Interpretar es juzgar, y ya hemos dicho los factores nocivos de ello. El que interpreta muchas veces demuestra (a sí mismo, narcisísticamente) su sapiencia, pero pocas veces ayuda. Mucho más útil es reflejar las emociones de la persona, servirle de eco para que retome el contacto con sus propias experiencias. La interpretación, para ser de utilidad, tiene que darse en un contexto psicoterapéutico, y ello escapa a los objetivos de la tutoría.

- Concéntrate en el aquí y ahora

Todo lo que nos sucede, sucede en el aquí y ahora. Sin descuidar las experiencias del pasado, no nos centremos excesivamente en ellas; antes bien, analicemos básicamente el presente del aconsejado o las repercusiones actuales del pasado. Jugar a la arqueología con los aconsejados tampoco va a ser de mucha utilidad.

- Concéntrate primero en los sentimientos

Nos debemos preguntar siempre qué estemos ante un paciente ¿cómo se siente?¿Qué expresa? ¿Cómo lo expresa?. Su postura, su mirada, el tono de su voz. Desde el counseling y sin darnos cuenta estamos ofreciendo una terapia al paciente a la vez que nos produce una satisfacción a nosotros mismos el saber qué hemos actuado desde los sentimientos.

Orientación y consejo.-

El counseling puede ser dividido, para fines didácticos, en dos grandes rubros, como son la orientación y el consejo propiamente dicho.

- La orientación

Está dirigida a personas normales pero que requieren ayuda para aprender a tomar decisiones, y darle una estructura más clara a su vida. Se centra en facilitar el proceso de elección del cliente y le ayuda a elegir con éxito en aspectos vitales.

En la vida cotidiana se dan momentos en los que debemos tomar decisiones trascendentales para nuestra existencia, y por ello mismo y/o porque las condiciones que nos rodean no son favorables, se nos hace difícil elegir.

Todos podemos recordar momentos en los cuales nos vimos en la necesidad de optar por algo muy importante para nuestras vidas, y cuyas repercusiones no eran del todo previsibles. Seguramente dichos momentos estuvieron cargados de tensión, ansiedad y otros “síntomas” esperables y normales. Tal vez incluso no nos atrevimos a compartir esta situación con nadie y nos vimos cercados por la soledad y la desesperación. Elegir no siempre es fácil; puede llevar a un estado de crisis que requiere de alguien que nos ayude. Es aquí donde la orientación entra a tallar.

Aquí el profesional trata de crear esas condiciones favorables para facilitar que la persona elija y decida sobre su vida con libertad y sin miedo ni presiones. Se convierte en un facilitador: facilita la búsqueda y la obtención de la información necesaria (opciones) para la elección; fomenta el autoconocimiento del cliente para que estas decisiones vitales se den sobre bases sólidas y no sobre fantasías o falsas creencias; ayuda a evaluarlas; sopesa junto con el cliente su aplicabilidad, las posibles consecuencia para su vida, y la mejor manera de ejecutar lo elegido, monitoreando sus efectos.

El cliente al sentirse acompañado y comprendido se dará cuenta que él puede hallar las respuestas para las interrogantes esenciales de su vida. Que puede tomar decisiones sin el temor de equivocarse porque habrá descubierto en la relación de ayuda que los errores no tienen que ser necesariamente una catástrofe y hacernos miserables.

Ejemplos de casos típicos para orientación:

– Orientación vocacional y/o laboral.
– Elección de pareja / casarse o no / tener o no tener hijos.
– Realización de viajes y cambios de estilos de vida.
– Emancipación y salida del hogar.
– Desarrollo de un proyecto de vida.

En la orientación las preguntas que el cliente desea que le ayudemos a contestar son:

¿Qué hago? ¿qué escojo? ¿qué es lo más conveniente para mí?

Cabe advertir, a contrapelo de lo que el término sugiere, que el orientador no decide por el cliente. Crea las condiciones psicosociales para que él lo haga.

- El consejo

Aconsejar es ayudar a llevar a cabo las elecciones ya tomadas; ayudar a instrumentalizarlas en la vida real y eficazmente. Puede que una persona esté en condiciones de elegir, pero que encuentre dificultades para ejecutar su elección. Siente que le falta saber cómo implementar las decisiones de su vida; tal vez tiene temor a fallar, a no tener apoyo. Los problemas de consejería son adaptativos frente a lo externo. Requieren de información y entrenamiento, y es esto lo que le proporciona el consejero a su cliente.

Como se ve, el consejo es el segundo momento y la consecuencia lógica de la orientación; aunque no siempre van de la mano. Esto depende de las condiciones y características del cliente; de si su problema radica en la falta de seguridad para elegir, en la falta de pericia para implementar sus elecciones o en ambas.
En el consejo la interrogante a resolver es:

¿Cómo lo hago? ¿cómo lo llevo a cabo?

Algunos casos ejemplificadores serían:

– ¿Cómo hago para estudiar con éxito la carrera que ya elegí?.
– ¿De qué manera puedo llevar a buen puerto una relación de pareja?.
– ¿Cuáles son las claves para sobrevivir viviendo solo, fuera de la casa de mis padres?.

Estas interrogantes también pueden generar malestar, si no se cuenta con el apoyo material y emocional necesario; pero ese malestar no es el problema principal. No podemos cometer el error de confundir el efecto con la causa. En muchos casos los clientes acudirán al consejero quejándose de tal o cuál síntoma (desgano, tristeza, miedo, desaliento, irritabilidad, etc.) pero será esencial que discriminemos si tal queja refleja algo estructural, enraizado en la persona, o si es algo coyuntural y situacional, que responde a situaciones existenciales concretas.

El proceso de orientación y consejo.-

Tanto la orientación como el consejo siguen sendos procesos, como entidades organizadas. Es conveniente tenerlos en cuenta a fin de monitorear nuestro trabajo y no caer en el caos y la desorganización.

A.S. Egan identifica tres fases en el desarrollo del proceso de counseling:

a. Fase de exploración: el profesional desarrolla el clima cálido adecuado para que el cliente pueda explorar el problema desde sus sistema de referencias, antes de centrarse en cuestiones concretas. Las herramientas de las que disponemos para ello son: estar atentos, escuchar activamente y las técnicas de relación. El objetivo es que el cliente confíe en el consejero con fines de crear las condiciones para la fase siguiente.
b. Fase de nueva comprensión: se ayuda al sujeto a que vea su situación desde nuevas perspectivas y a que se centre en lo que podría hacer para afrontarla de un modo más efectivo. Se le ayuda para que vea los recursos de los que dispone y que podría utilizar. Las herramientas siguen siendo la comprensión y la escucha activa, profundizando en la comprensión empática, ayudando al cliente a reconocer temas, patrones de conducta, inconsistencias y sentimientos. Se debe propiciar que el cliente se vea a sí mismo desde diversos ángulos a fin de que supere formas rígidas y auto devaluadoras de percibirse a sí mismo.
c. Fase de acción: consiste en ayudar al cliente a considerar los posibles modos de actuar, ver costos o consecuencias, planear la acción, llevarla a cabo y evaluarla. Las técnicas de resolución de problemas y toma de decisiones son muy útiles aquí. Hay que tener en claro que en el counseling no existe “lo adecuado” y “lo inadecuado”, sino lo que puede ser más adecuado, en ese momento, para esa persona, en sus circunstancias específicas.

EL PROCESO DE ORIENTACIÓN:

1) Establecimiento de la relación:

Aquí son importantes tres actitudes básicas, como son, la aceptación incondicional, la empatía y la autenticidad. Sin una buena relación inicial, basada en el respeto y la confianza, es probable que el proceso de orientación fracase.

2) Delimitación de objetivos:

En esta fase es importante que, de manera conjunta con el cliente, se establezca qué es lo que él desea conseguir en dos esferas: en la consulta y en su vida. O dicho de otro modo, qué desea ser en la vida y cómo la consulta puede ayudarlo para ello. La delimitación de objetivos le dará coherencia y estructura al proceso.

3) Análisis de posibilidades:

Se trata de que la persona sea capaz de elaborar posibilidades de elección para conseguir los objetivos vitales que se ha planteado. Para elegir necesita información sobre si mismo, el entorno, sus recursos, obstáculos, etc., y sopesarlos con ecuanimidad. Darse cuenta de las opciones reales con las que cuenta y del peso específico de cada una en relación a su persona.

4) Toma de decisiones:

En esta fase el cliente elige y para ello el consejero le brinda seguridad y apoyo. Lo acompaña para vencer los miedos que involucran tomar decisiones vitales.

5) Búsqueda de una estructura:

La fase final del consejo consiste en que el cliente empiece a implementar las decisiones adoptadas; que se estructuren en la vida real, más allá del consultorio. El consejero monitorea esta implementación y al constatar su efectividad da por concluido el proceso.

EL PROCESO DE CONSEJERÍA:

1) Establecimiento de la relación:

El proceso es similar, a lo descrito en la primera fase de la orientación.

2) Delimitación del problema:

Se debe establecer con claridad, precisión y detalle en qué consiste la dificultad del cliente. Cómo se manifiesta, desde cuándo, frente a quiénes, qué intentos de solución ha utilizado, qué desea lograr, etc.

3) Análisis del problema:

Conociendo cómo es el problema de manera realista, se procede a buscar soluciones, apelando para ello a todas las fuentes y recursos disponibles.

4) Planteamiento de soluciones:

Una vez recabada toda la información posible, se procede a depurarla y a escoger dos o tres alternativas que aparezcan como las más viables. En base a ellas se diseñan planes de acción a realizar por el cliente.

5) Estructuración:

Se ejecutan estos planes de acción y se monitorea su efectividad. En caso de no obtener el éxito deseado se reemplazan las soluciones intentadas por otras, o se diseñan alternativas nuevas.

En este caso se supone que el cliente sabe lo que desea; la ayuda sólo radica en ayudarlo a obtenerlo.

La derivación.

Pueden darse casos en los cuales el cliente no responde a nuestras estrategias de counseling; que a pesar de implementar adecuadamente las técnicas el sujeto no se anima a elegir, no elige bien, tiene serias dificultades para implementar sus decisiones, etc., todo lo cual va acompañado de un creciente malestar. Si anlizamos nuestro accionar como tutores y descartamos que el problema sea de ejecución nuestra, entonces muy probablemente estaremos frente a un caso más serio, que requiere tratamiento especializado y derivación.

No se nos debe ocurrir nunca tratar casos graves como el consumo de sustancias, abuso sexual, depresiones e intentos de suicidio, psicosis y neurosis graves, trastornos de personalidad, etc. En estos casos hay que usar las técnicas descritas para convencer y encaminar al cliente hacia el profesional especializado, y hacer todo lo posible para que llegue a él. Incluso reportarlo, es necesario, pues no siempre la persona querrá recurrir a los profesionales por los supuestos estigmas que estos acarrean. No asustarnos y descalificar a la persona; sólo derivar.

Técnicas de relación.

El 50% del éxito en el counseling estriba en establecer una buena relación consejero-aconsejado. Esto se sustenta básicamente en las actitudes ya descritas anteriormente, de allí que las técnicas que a continuación se mencionan tengan una importancia secundaria y sirven para instrumentalizar dichas actitudes.

- TÉCNICA DE CONCORDANCIA:

Su objetivo es crear el puente de relación entre el consejero y el aconsejado. Son elementos de concordancia los procedimientos que se emplean en el encuentro inicial, tendientes a brindarle cordialidad, y las comodidades del ambiente físico de la consulta.

Es conveniente recibir al aconsejado sonrientemente y con un saludo y acompañarlo al lugar de la entrevista. Iniciar la charla con un tema neutro y ameno, a fin de aminorar la tensión, durante unos cinco minutos. Procurar que el ambiente de las entrevista sea cómodo y sobretodo privado. La esencia de esta técnica consiste en que el consejero se comporte como un anfitrión y haga sentir al aconsejado como huésped.

- TÉCNICA DE ESTRUCTURACIÓN:

También conocido como encuadre o setting, consiste en definir con el cliente la naturaleza, límites y metas del proceso. Trata de hacer ver al cliente que el proceso es un plan racional y delimitar las responsabilidades que corresponden a cada uno. La estructura tiene dos elementos: implícitos, que son los límites naturales que surgen espontáneamente de las diferencias de rol entre el consejero y el aconsejado, y explícitos, que son los límites y reglas que plantea el consultor de manera deliberada. La estructuración define roles y evita malentendidos. Se deben establecer variables como los horarios de las consultas, la duración de las mismas, el número de consultas, lo que se espera del cliente, lo que el cliente debe y no debe esperar del consejero, las inasistencias, etc.

- TÉCNICA DEL REFLEJO:

Busca que el aconsejado perciba sus pensamientos y sentimientos como parte de sí mismo y no como algo ajeno. Consiste en expresar con palabras nuevas, los sentimientos y actitudes que el entrevistado expresa; es decir, utilizar el parafraseo. Se busca reflejar el sentimiento y la emoción, no sólo las ideas. Aquí el consejero juega el rol de eco, que recepciona, clarifica y reproduce moduladamente lo que el cliente dice. No interpreta. Ejemplo:

Cliente: ¡Me siento molesto, triste! ¡Siento mucha cólera! No es justo que esto me pase a mí...que mi pareja me deje así como así.

Consejero: Ud. experimenta sentimientos de cólera en este momento ante la pérdida de su pareja.

Con esto se brinda retroalimentación al cliente, y se evita que simplemente “dispare” sentimientos sin hacerse cargo de ellos.

Las frases más usadas son: dice Ud. que..., siente Ud. que..., piensa Ud. ..., etc.

Hay tres tipos de reflejo: inmediato, se refleja el sentimiento inmediatamente después de lo expresado por el cliente; sumario, se unen varios sentimientos expresados en un reflejo conjunto; y terminal, resume las actitudes más significativas expresadas en toda sesión de consulta.

- TÉCNICA DE ACEPTACIÓN:

Está diseñada para estimular, sin presionar, la comunicación espontánea del cliente. Se recurre al uso de frases simples como “aja”, “prosiga”, “sí, continúe”, etc.

La aceptación implica tres elementos observables:

– Expresión facial, amistosa y movimientos afirmativos de la cabeza.
– Tono de voz e inflexión: “Mmmm...”
– Distancia y postura corporales.

- TÉCNICA DEL SILENCIO:

El silencio es una muestra de respeto por las emociones y acontecimientos que el cliente relata. Usado de manera deliberada, el silencio puede cumplir diversas funciones que reemplazan a las palabras e impregnan a la entrevista un clima espontáneo y natural. El silencio del consejero puede inducir a hablar al cliente; a que centre su atención en el tema; ayuda en la profundización de lo que se trata y reduce a velocidad de la entrevista. Se clasifica en tres tipos:

– Deliberado (da énfasis). Guardar silencio después de la expresión de una frase, resalta lo dicho incluso para el emisor. Esto hace que el cliente preste más importancia a lo que dice y que sus palabras resuenen más en su mente.
– De organización (para transiciones). Se puede facilitar el paso de un tema a otro guardando silencio al finalizar un tema y antes de comenzar el siguiente. El silencio aquí cumple la función de bisagra o puente de conección.
– De terminación (final). Se puede indicar que la sesión ha concluido o está por concluir guardando silencio unos instantes previos a la terminación y finalmente concluir.

- TÉCNICA DE DIRECCIÓN:

Es la influencia deliberada del consejero sobre el cliente, guiándolo o indicándole las actitudes que debe asumir y lo que debe hacer. Es “aconsejar”, “orientar” en el sentido vulgar de estos términos. Permite retener o delegar la responsabilidad de la consejería puesto que se puede dirigir más o menos, según lo ameriten las circunstancias. Tenemos cuatro criterios a seguir:

– Dirigir tanto como lo tolere el cliente, según su capacidad y comprensión.
– Variar la dirección para ajustarse al ritmo del cliente.
– Iniciar el proceso con mínima dirección, e incrementarla cuando la relación se estructure.
– Tener presente que cuanto más sea el cliente quien asuma la dirección del proceso, mejores los resultados.

- TÉCNICA DEL ALIENTO:

Consiste en animar al cliente, en incitarlo a continuar, darle apoyo, aliciente. Ideal para proporcionar apoyo emocional; refuerza el comportamiento positivo y genera expectativas favorables.

– “Ud. es una persona capaz”; “Ud. puede sentirse mejor”; “Ud. puede tomar decisiones”, etc.

- TÉCNICA DE CIERRE:

Sirve para concluir la sesión o todo el proceso de consejería.

– Finalización de un tema: realizar una reflexión resumidora y unir cabos sueltos antes de pasar a otro tema.
– Finalización de entrevista: dejar en el paciente la sensación de que se avanza en el proceso. Minutos antes de concluir, bajar el ritmo de la entrevista y preparar la conclusión. Hacer un resumen de lo tratado y preparar una reflexión. Hacer referencia a próximas sesiones o temas o dejar tareas.
– La entrevista final debe plantearse una vez alcanzadas las metas iniciales. Debe ser de recuento y conclusiones. Dejar abierta la posibilidad para nuevas entrevistas posteriores, si se cree necesario.

Técnicas de interpretación

Lo que se busca con estas técnicas es facilitar la comprensión de sí mismo en el cliente. Los aconsejados emiten mensajes sobre su persona y no siempre reflexionan sobre ellos. El desarrollo de una nueva comprensión pasa por esta reflexión y para ello es necesario clarificar lo que dicen, confrontar sus inconsistencias e interpretar cuando sea necesario.

LA CLARIFICACIÓN

Consiste simplemente en pedir al cliente que aclare temas confusos, incompletos u oscuros sobre los que falta información en su discurso.

LA CONFRONTACIÓN:

Presenta al aconsejado las áreas de información que parecen contradictorias o incongruentes en su discurso. Significa escuchar con atención al cliente y señalarle aquellos aspectos de la interacción que parecen indicar la presencia de operaciones defensivas y un funcionamiento conflictivo. La confrontación no se hace con el cliente mismo sino con lo que dice, y no tiene un carácter confrontacional o beligerante sino de aclaración.

LA INTERPRETACIÓN:

Establece lazos entre el material consciente, preconsciente y las funciones o motivaciones inconscientes, manifestadas en el aquí y ahora, asumidas o bajo hipótesis. La confrontación junta y reorganiza lo que se ha observado; la interpretación añade al material una dimensión hipotética de causalidad y profundidad.

Para no parecer contradictorios con los principios del counseling, diremos que la interpretación debe usarse lo menos posible, y siempre y cuando lo que se va a interpretar sea muy obvio para el consejero si bien no para el cliente. No abusar de ella es esencial. Lo importante es lograr que el cliente se interprete a sí mismo...aunque a veces hay que darle una ayudadita.

La toma de decisiones y la resolución de problemas

Las decisiones, entendidas como elección de un curso de acción determinado, son importantes porque de ellas depende el éxito de una empresa, de una carrera profesional, el destino de un país etc. Si nosotros mediante el modelo asertivo sabemos qué hacer, la teoría decisional, nos dice cómo hacerlo, pero hacerlo ya e implementarlo.
Existe al menos una teoría clásica optimizante en la toma de decisiones; los pasos naturales en este modelo son:
1. Identificar el problema.- Determinar las discrepancias entre la situación actual y los resultados deseados. ¿Qué tengo realmente y qué deseo?
2. Diagnosticar el problema.- Reunir y analizar la información que explique la naturaleza del problema. ¿Cómo soy y a qué se debe?
3. Definir las alternativas.- Desarrollar todas las soluciones que son potenciales soluciones. ¿Con qué cuento realmente para alcanzar lo que deseo? ¿Qué estrategias tengo o necesito conocer? ¿Quiénes pueden colaborar con ideas, recursos o acciones?
4. Examinar las consecuencias.- ¿Qué pasaría si...? anticipar los probables efectos de cada alternativa.
5. Tomar la decisión.- Evaluar y elegir la mejor alternativa, aquella que maximalize el logro de las metas y los objetivos. El ambiente aceptador y propiciador brindan seguridad.
6. Hacerlo.- Implementar la decisión.
Cuando se aplica al menos un modelo más o menos racional o pensante en la toma de decisiones, y si vivimos en ambientes asertivos y que brinden holding, podemos estar en condiciones de que las mejores decisiones podrán ser tomadas, aquellas que nos favorezcan en el trato interpersonal y el desarrollo.

REFERENCIA BIBLIOGRAFÍCA

1. Allporta, G. La personalidad.
2. Brammer y Shostrom. Psicología terapéutica.
3. Hough, M. Técnica de orientación psicológica.
4. Jiménez, F. Técnicas psicológicas de asesoramiento y ayuda interpersonal.
5. Martorell, M. Entrevista y consejo psicológico.
6. Rogers, C. Psicoterapia centrada en el Cliente.
7. Vásquez, C. Consejería educativa II.
[1] Licenciado en Psicología. Psicoterapeuta individual y familiar. Docente de la UCV. Telef. 9967632. E-mail: psicoperu@hotmail.com

domingo, octubre 16, 2005

UNA APROXIMACION A LA PSICOTERAPIA DE CARL ROGERS

César Vásquez Olcese

Enmarcada dentro de la llamada "tercera fuerza", la psicoterapia "rogeriana" es el enfoque que mayor influencia ejerce actualmente sobre los psicoterapeutas y consejeros norteamericanos, aún por encima de la terapia racional-emotiva de Albert Ellis y del psicoanálisis freudiano. Al respecto, en un estudio realizado en EE.UU. entre 800 psicólogos y orientadores, se encontró que los psicoterapeutas propuestos como los de mayor influencia fueron, en primer lugar, Carl Rogers, en segundo lugar, Albert Ellis y en tercer, Sigmund Freud (Huber y Baruth, 1991).
Catalogada de especulativa y anticientífica por sus detractores, y vista como la terapia ideal por sus seguidores, el enfoque rogeriano ha pasado por diversas transformaciones, que van desde la simple propuesta de una hipótesis de trabajo -producto de la labor de consejería que su autor desarrollara en los años treinta- hasta la elaboración de una teoría de la personalidad. El desarrollo de esta concepción descansó también sobre una considerable cantidad de investigaciones que fueron guiando su desenvolvimiento, clarificando las dudas y dando validez empírica a las hipótesis que planteaba.
Sin embargo, a pesar de ello, hay quienes piensan que esta psicoterapia se basa solamente en buenas intenciones, en deseos filantrópicos provenientes de la filosofía existencialista, y en la bondad del carácter del propio Rogers. Este razonamiento responde, creemos, más a la ignorancia que a las características intrínsecas del enfoque.
LA HIPOTESIS CENTRAL DE LA PSICOTERAPIA CENTRADA EN EL CLIENTE
En sus libros Orientación psicológica y psicoterapia, Psicoterapia centrada en el cliente y El proceso de convertirse en persona, Rogers realiza una serie de planteamientos tendientes a esclarecer su posición frente al proceso terapéutico, la personalidad y la naturaleza humana.
En dichos textos establece la siguiente hipótesis como eje de toda su concepción psicológica: "Que el individuo tiene la capacidad suficiente para manejar en forma constructiva todos los aspectos de su vida que potencialmente pueden ser reconocidos en la conciencia" (Rogers, 1972, 1978).
Dicha hipótesis es, a nuestro entender, el planteamiento esencial del enfoque, y, a su vez, lo que genera mayores polémicas.
Veámosla con mayor detenimiento. Rogers asume -en base a datos empíricos, según dice- que existe en todo ser humano una tendencia innata a la actualización, esto es, al desarrollo progresivo y a la superación constante, si se encuentran presentes las condiciones adecuadas (Rogers y Kinget, 1971). Algo similar a la autorrealización, también innata, que proponen Maslow y May y todos los demás psicoterapeutas humanistas (Frick, 1973), y a la autorregulación organística de Peras (Perls, 1987).
El hombre, dice Rogers, es positivo por naturaleza, y por ello requiere respeto absoluto, especialmente en cuanto a sus aspiraciones de superación (Di Caprio, 1976). De ello se desprende que está contraindicado para el psicoterapeuta realizar todo tipo de conducción o dirección sobre el individuo; todo tipo de diagnóstico o interpretación, porque ello constituiría un atentado contra las posibilidades del sujeto y contra su tendencia a la actualización. Se exige, o mejor dicho, se recomienda, situarse en el punto de vista del cliente, asumir su campo perceptual y trabajar en base a ello como una especie de alter ego. Incluso la palabra "cliente" es asumida de una manera especial: el cliente es aquella persona que responsablemente busca un servicio y participa del proceso terapéutico de la misma manera; aquella, conciente de su capacidad de desarrollo no utilizada, que no va "en busca de ayuda" sino que trata de ayudarse a sí misma.
Se descartan del lenguaje rogeriano los términos paciente, enfermo, curación, diagnóstico, etc., porque connotan dependencia, limitación y falta de respeto por la persona.
Esta actitud frente a la dignidad del paciente, la aceptación incondicional y el respeto que se le tiene cobran una importancia tal que se les consideran factores que favorecen u obstaculizan (de faltar) la adquisición del enfoque centrado en el cliente. Aceptación y respecto deben estar enraizados en la personalidad del terapeuta, formar parte esencial de su ser, y ello pasa, antes que nada, por aceptarse a sí mismos.
En síntesis, la hipótesis central propone que el ser humano puede, si se le presentan las condiciones adecuadas, desarrollarse o actualizarse, ampliar sus capacidades y ser conciente de lo que experimenta a fin de poder auto controlarse. "No se puede manejar eficazmente lo que no se percibe concientemente", propone Rogers. De allí la necesidad de ampliar el concepto de sí mismo del cliente, su self, y de incluir en él todo (o casi todo) lo que vivencia. Pero no se pretende hacerlo actuando sobre él sino, como dice Kinget, "acompañándolo" en la experiencia, brindándole las condiciones requeridas y dándole seguridad (Rogers y Kinget, 1971).
LA TERAPIA
A estas alturas de la exposición, una terapeuta no versado en el enfoque rogeriano podría argüir que no se ha dicho nada nuevo hasta el momento, dado que todos los enfoques buscan en mayor o menor medida favorecer la capacidad de crecimiento, y que todo psicoterapeuta que amerite tal título debe comenzar por aceptar y tratar de comprender a sus pacientes. Sin embargo, no se trata sólo de tener piadosamente en cuenta dichos aspectos, haciendo gala de humanitarismo o de haber tenido un buen entrenamiento. Dichos aspectos SON la base del enfoque y constituyen, antes que nociones gaseosas, actitudes plenamente asimiladas de las que se van a desprender las técnicas.
Parafraseando a Claudio Naranjo (1991) cuando habla de la terapia gestáltica, la psicoterapia centrada en el cliente no está conformada básicamente por técnicas sino, esencialmente, por actitudes del terapeuta, las mismas que pueden ser instrumentalizadas de diversa manera.
Se consideran así dos factores: 1) La actitud que tiene el terapeuta, su filosofía operacional básica frente a la dignidad y la significación del individuo (hipótesis básica), y 2) Su instrumentalización a través de métodos adecuados.
Las actitudes del terapeuta deben ser trasmitidas de manera indirecta, impregnadas en las comunicaciones pero no formuladas abiertamente en ninguna de ellas. A veces esto no es comprendido planamente y por esta razón algunos asumen que la actitud centrada en el cliente consiste en ser pasivos e indiferentes, en "no entrometerse". Pero ello de plano es incorrecto y, más aún, es nocivo, porque la pasividad de hecho es asumida como rechazo; además, suele terminar por aburrir al sujeto al ver que no recibe nada.
El enfoque plantea más bien que el terapeuta debe ayudar a clarificar las emociones del cliente, ser un facilitador en el proceso de hacerlas concientes, y por ello manejables y no patológicas. Pero no asumiendo un rol de omnisapiente y todopoderoso, que lleva al cliente de la mano diciéndole "Yo te acepto" y devolviéndole "masticadito" el material que éste le proporciona.
Si hay respeto sincero y absoluto, procurará más bien que sea el cliente quien dirija el proceso. En este caso las intervenciones del terapeuta se plantearán como posibilidades, casi como ecos del material expuesto, y no como juicios de valor, afirmaciones o interpretaciones.
La imagen del eco puede servir para comprender el fenómeno: un eco es una reproducción amplificada y modulada (que implica una adecuada percepción y una buena dosis de empatía frente a lo reproducido), algo que suena igual y diferente al mismo tiempo, y que permite al emisor una re captación novedosa y más completa del mensaje emitido (ahora es a la vez emisor y receptor de sí mismo, y ya no sólo emisor). Además, el eco supone un "algo" en comunidad con nosotros, otra persona (un alter-ego) que nos escucha y reproduce y/o re-formula nuestros mensajes en un ambiente de aceptación.
En este diálogo con el terapeuta (que es en esencia un diálogo conmigo mismo) empiezo a sentirme aceptado, puesto que diga lo que diga, haga lo que haga, sólo recibo como eco empatía y calidez, en lugar de consejos, diagnósticos o interpretaciones; así, me doy cuenta paulatinamente que no soy tan malo, tan raro o diferente como creía, y empiezo a permitir que mi capacidad de crecer se vaya abriendo paso.
A semejanza de la dicotomía gestáltica figura-fondo, en esta psicoterapia se persigue que el fondo (el campo experiencial no conciente, lo oculto, lo temido) pase a ser figura (conciencia, parte del self, del sí mismo). El Yo "engorda", se vuelve más eficaz en el manejo de la realidad interna, consumiendo menos energías en la construcción de defensas que lo protejan contra la angustia.
En cuanto a los detalles del proceso psicoterapéutico, Rogers planteaba lo siguiente: "Digamos, de entrada, que no existe una distinción precisa entre el proceso y los resultados de la terapia. Las características del proceso corresponden, de hecho, a elementos diferenciados de los resultados" (Rogers y Kinget, 1971).
Según Rogers, cuando las condiciones terapéuticas están presentes y se mantienen, es decir que:
- Existe una relación de contacto entre cliente y terapeuta;
- Una situación de angustia y desacuerdo interno en el cliente;
- Una situación de acuerdo interno en el terapeuta;
- Sentimientos de respeto, comprensión, aceptación incondicional y empatía en el terapeuta;entonces se pone en marcha, motivada por la tendencia innata a la actualización, cierto proceso que podemos catalogar de terapéutico, el mismo que constaría de las siguientes características:
- Aumento en el cliente de la capacidad para expresar sus sentimientos de modo verbal y no verbal.
- Estos sentimientos expresados se refieren más al Yo.
- Aumenta también la capacidad de distinguir los objetos de sus sentimientos y de sus percepciones.
- Los sentimientos que expresa se refieren cada vez más al estado de desacuerdo que existe entre ciertos elementos de su experiencia y su noción del Yo.
- Llega sentir concientemente la amenaza que lleva consigo este estado de desacuerdo interno. La experiencia de amenaza se hace posible gracias a la aceptación incondicional del terapeuta.
- Gracias a ello el cliente llega a experimentar plenamente (al convertir el fondo en figura) ciertos sentimientos que hasta entonces había deformado o no confesado.
- La imagen del Yo (sí mismo, self) cambia, se amplía, hasta permitir la integración de elementos de la experiencia que no se hacían concientes o se deformaban.
- A medida que continúa la reorganización de la estructura del Yo, el acuerdo entre esta estructura y la experiencia total aumenta constantemente. El Yo se vuelve capaz de asimilar elementos de la experiencia que antes eran demasiado amenazadores para que la conciencia los admitiera. La conducta se vuelve menos defensiva.
- El cliente es cada vez más capaz de sentir y admitir la aceptación del terapeuta sin sentirse amenazado por esta experiencia.
- El cliente siente una actitud de aceptación incondicional respecto a sí mismo.
- Se va dando cuenta que el centro de valoración de su experiencia es él mismo.
- La valoración de su experiencia se hace cada vez menos condicional, y se lleva a cabo sobre la base de experiencias vividas. El cliente evoluciona hacia un esta-do de acuerdo interno, de aceptación de sus experiencias.
EL TERAPEUTA, CARACTERISTICAS Y FORMACION
Rosemberg sintetiza brillantemente la participación y el rol del terapeuta en el proceso antes mencionado: "El terapeuta es la verdadera persona que realmente comprende las vacilaciones y debilidades del cliente y las acepta, sin intentar negarlas o corregirlas. Acepta, aprecia y valora al individuo íntegro, dándole, incondicionalmente, seguridad y estabilidad en las relaciones que necesita para correr el riesgo de explorar nuevos sentimientos, actitudes y conductas. El terapeuta respeta a la persona tal como es, con sus ansiedades y sus miedos, por lo que no le impone criterio alguno sobre como debe ser. La acompaña por el camino que ella misma se traza, y participa como elemento presente y activo en este proceso de auto creación, facilitando en todo momento la percepción de los recursos persona-les, y de los rumbos seguidos en el camino, tal y como la persona los vivencia" (Rogers y Rosemberg, 1981; Págs. 75-76).
Las características personales que Rogers considera necesarias en todo buen terapeuta que intente instrumentalizar su enfoque son las siguientes: a) Capacidad empática; b) Autenticidad; c) Consideración positiva incondicional.
Ello induce a pensar que el terapeuta centrado en el cliente no puede ser una persona común y corriente, sino alguien especial, que cuenta con la tranquilidad y la coherencia internas propias de la persona autorrealizada, autorrealización que intentará contagiar al cliente. Sin embargo, no debe verse al terapeuta como una persona superior; es alguien que sencillamente ha logrado dar libre paso a su capacidad de actualización, y que por lo mismo puede manejar con más eficacia y productividad su campo experiencial y ayudar a que los otros también lo hagan.
Los rasgos mencionados no son innatos o imposibles de aprender. Rogers y Kinget (1971) consideran que hasta una persona autoritaria puede desarrollar actitudes no directivas; lo principal, el inicio digamos, es el deseo real de querer adoptarlas. El proceso restante viene solo y se adquiere en la práctica terapéutica, aunque puede ser catalizado a través del entrenamiento.
ACERCA DE LA FORMACIÓN DE LOS TERAPÈUTAS
Rogers (1972) establece cuatro fases en la formación de terapeutas centrados en el cliente.
La primera fase hace hincapié en el esclarecimiento de las actitudes del aspirante a terapeuta, antes de centrarse en los aspectos técnicos. El deseo de querer ser terapeuta rogeriano debe ser resultado de un proceso de descubrimiento personal que no puede ser fomentado desde fuera de ninguna manera.
La segunda fase hace énfasis en las técnicas una vez que se han aclarado las actitudes del estudiante. La tercera fase considera justo proporcionar al estudiante una experiencia propia de la terapia, si es posible haciendo que él mismo se someta a ella en condición de cliente.
La cuarta fase señala que el estudiante debe ejercer la práctica psicoterapéutica desde el momento mismo en que ésta sea practicable.
APLICABILIDAD DEL ENFOQUE ROGERIANO
Las experiencias terapéuticas, de consejería y orientación, desde la perspectiva rogeriana, abarcan una amplia gama que va del trato de personas normales, en condiciones pedagógicas o vocacionales, hasta la psicoterapia en psicóticos esquizofrénicos (Rogers y otros, 1980).
Hay aplicaciones de esta concepción en diversas áreas como la clínica, la educación, las relaciones de pareja, la ludo terapia, la dinámica de grupos (los famosos grupos de encuentro), etc. Cubre un amplio espectro de edades, desde niños de dos años hasta ancianos. Y esto es posible, creemos, porque el enfoque no directivo o centrado en el cliente constituye además de una técnica, aplicable a tal o cual problema, una concepción del ser humano y de las relaciones interpersonales. Por ello trasciende los linderos del consultorio para conformar una teoría sobre el "buen vivir", esto es, sobre el vivir plenamente, en constante superación, abiertos a todas las experiencias, sin miedo, con capacidad de elección y de responsabilizarnos por lo elegido.
REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS.-
- Di CAPRIO, N. (1976) Teoría de la personalidad. México: Nueva Editorial Interamericana.
- FRICK, W. (1973) Psicología humanística. Buenos Aires: Guadalupe.
- HUBER, Ch. y L. BARUTH (1991) Terapia familiar racional-emotiva. Barcelona: Herder.
- NARANJO, C. (1991) La vieja y novísima gestalt. Santiago: Cuatro Vientos.
- PERLS, F. (1987) El enfoque gestáltico y testimonios de terapia. Santiago: Cuatro Vientos.
- ROGERS, C. y Mariam KINGET (1971) Psicoterapia y relaciones humanas (dos tomos). Madrid: Alfaguara.
- ROGERS, C. (1972) Psicoterapia centrada en el cliente. Buenos Aires: Paidós.
- ROGERS, C. (1978) Orientación psicológica y psicoterapia. Madrid: Narcea.
- ROGERS, C. (1979) El proceso de convertirse en persona. Buenos Aires: Paidós.
- ROGERS, C. y otros (1980) Persona a persona. Buenos Aires: Amorrortu.
- ROGERS, C. y C. ROSENBERG (1981) La persona como centro. Barcelona: Herder.